En una cancha exterior de baloncesto en la Gran Manzana, donde han surgido algunos de los grandes jugadores y quizás provengan otros tantos más, Patrick Ewing, leyenda de los Knicks de Nueva York, tuvo un gran gesto con unos niños al regalarles boletos para las Finales de la NBA en el Madison Square Garden, donde esta noche se reanuda la serie por el título entre los Knicks y los Spurs de San Antonio.
Un gesto que vale una fortuna
“Les tengo una sorpresa. Ustedes van a ir al juego de esta noche. Pero no solo al de esta noche, sino también al cuarto juego el miércoles”, dijo Ewing a unos seis niños, que no cabían del asombro. El presentador del evento, una clínica de baloncesto en la que todo mundo asistió con los colores azul y naranja de los Knicks, hizo la observación a todo pulmón: “Lo que no se dan cuenta estos niños es que ahí van como un cuarto de millón de dólares”.
De Jamaica a Nueva York
Las ovaciones del Madison Square Garden durante los años 90 tenían un destinatario principal: Patrick Ewing. Nacido en Jamaica y forjado en los rigores de los Hoyas de la Universidad de Georgetown bajo la tutela de John Thompson, el legendario centro llegó a la NBA en 1985 como la primera gran elección de los Knicks mediante el draft. Su impacto fue inmediato, transformando a una franquicia estancada en un sinónimo de dureza y orgullo.
Con sus rodilleras blancas características y un sudor eterno que reflejaba su ética de trabajo, Ewing se convirtió en el máximo anotador histórico de los Knicks. Su juego combinaba una intimidación feroz en la pintura con un tiro de media distancia sumamente elegante y efectivo. Miembro indiscutible del Dream Team de 1992 en los Juegos Olímpicos de Barcelona y seleccionado entre los 75 mejores jugadores de la historia de la NBA, personificó la época dorada del baloncesto de la Conferencia Este de la NBA.
Legado imborrable
A pesar de librar batallas colosales contra los Toros de Chicago de Michael Jordan y los Pacers de Indiana de Reggie Miller, el campeonato de la NBA se le escapó de las manos en las Finales de 1994 y 1999. Sin embargo, ello no disminuye su legado. Patrick Ewing llegó al Salón de la Fama por ser el líder de un equipo que definió la identidad de una ciudad indomable. Su camiseta número 33 cuelga en lo alto del Garden, para muchos considerada el alma de Nueva York.
Patrick Ewing no se ha perdido los juegos de los Knicks en los playoffs de la NBA, y su presencia en las gradas sigue siendo un símbolo de apoyo para la franquicia que lo vio brillar. Con este gesto, el legendario centro demuestra que su corazón sigue latiendo por el baloncesto y por la ciudad que lo adoptó.



