Vergüenza en CDMX: la ciudad no está lista para el Mundial 2026
Vergüenza en CDMX: ciudad no lista para Mundial 2026

No se percibe en la Ciudad de México el entusiasmo que, según las crónicas, se vivió antes del Mundial de 1970 ni el que experimenté y narré en la prensa en 1986. Y eso que en 1970 veníamos del trauma del movimiento estudiantil de 1968, aunque también de las exitosas Olimpiadas de ese año. En 1986 era imposible olvidar que el Mundial nos lo habían concedido dos años antes, tras la renuncia de Colombia, y que el país, apenas nueve meses atrás, había sufrido uno de los terremotos más devastadores de su historia, que dejó miles de muertos y una ciudad en ruinas.

El orgullo perdido

Recuerdo con claridad el orgullo que sentimos al ver cómo, con errores, avances y retrocesos, logramos reconstruir la ciudad, recibir dignamente a turistas y delegaciones en una urbe limpia, y cómo se disputó un Mundial ejemplar en organización. Ese orgullo por el evento y por la ciudad es lo que hemos perdido. No se trata de apatía hacia el Mundial: es una mezcla de distancia, provocada por la voracidad de los organizadores con precios que hacen inalcanzable asistir a los estadios, y sobre todo vergüenza por una ciudad que no está preparada para recibir a los miles de turistas que llegarán a México.

Los capitalinos nos sentimos como cuando nos invitan a comer a una casa y la encontramos desordenada, sucia, con los platos sin lavar, las camas sin hacer, la comida sin preparar y los anfitriones ausentes. Es negligencia. Eso es lo que vivimos en la Ciudad de México (y que no sufren nuestros amigos en Guadalajara o Monterrey, donde las cosas se han hecho mucho mejor y el entusiasmo de la gente es genuino). Estamos avergonzados de recibir a las visitas en una ciudad donde, al llegar, se encontrarán un aeropuerto viejo, con obras sin terminar, con decisiones clientelares y absurdas, como no permitir o enviar a cientos de metros a los transportes de aplicación, en medio de un fuerte congestionamiento vial que dificulta recoger a los viajeros, salir del aeropuerto y llevarlos a sus destinos, en un entorno vecinal además inseguro.

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Calles y servicios en decadencia

En las calles, quienes lleguen se toparán con un escenario como el que describía aquel tango Cambalache: “donde se ha mezclado la vida y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón”. La ciudad está sucia, la basura no solo se ve, sino que obstruye los drenajes y, como no se ha desazolvado, las inundaciones son cosa de todos los días. Cruzar la ciudad, además de los congestionamientos, se convierte en un juego de agresiones visuales: el morado, contraindicado en cualquier señalización o decoración urbana, aparece en cualquier lugar y por cualquier razón, mezclado con enormes dibujos de ajolotes, que le gustan a la jefa de Gobierno y que no simbolizan nada, sobre todo cuando están muriendo en su hábitat natural en Xochimilco. Lo que se pinta de morado se vuelve a pintar de verde o amarillo porque alguien les recordó que es ilegal usarlo en vialidades, pero persiste en puentes y cruces. Un caleidoscopio de insensatez.

Las obras prometidas, con “apenas” ocho años para realizarlas, siguen inconclusas; incluso las inauguradas no están terminadas o se están terminando a como dé lugar. El sistema de transporte no se ha renovado, salvo un mantenimiento de ornato que tiene su máxima expresión en los candiles porfirianos de la estación Hidalgo del Metro. Se perdió la oportunidad de mejorar la movilidad de la ciudad. Llegar al Estadio Azteca, renombrado ahora por una FIFA que además ha montado una amplísima zona de exclusión a su alrededor, requerirá horas.

Regulaciones absurdas y piratería

En el camino, el gobierno se ha lanzado a una serie de regulaciones sobre rentas, comercio y movilidad (sobre todo con transportes de aplicación) que servirán para recuperar dinero con multas y sanciones, pero que al mismo tiempo son inaplicables. Una de las actividades expresamente prohibidas por la FIFA es la piratería, y esta inunda las calles de toda la ciudad. Se prohibirá retransmitir los juegos sin permisos especiales en restaurantes, fondas y espacios privados; habrá que ver cómo logran garantizarlo. Será el festival de las mordidas.

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Es cierto que quienes nos visiten tendrán la hospitalidad de la gente, la mejor del mundo; tendrán una ciudad que, cuando se deja en manos de emprendedores privados (restauranteros, bares, músicos, artistas), vibra y es un hub gastronómico y artístico internacional. Quienes no puedan ir al estadio podrán disfrutar los juegos en muchos espacios adecuados (habrá que ver si los Fan Fest realmente están en condiciones) donde tendrán una seguridad relativamente eficiente por la labor de la Secretaría de Seguridad local y federal, y por la fuerte presencia militar.

Una ciudad en decadencia

Pero la ciudad en sí está en peores condiciones que nunca, y no deja de avergonzarnos. Hace unos años, incluso con gobiernos de izquierda, la Ciudad de México (con Cárdenas, con Rosario, incluso en la primera época de López Obrador, sobre todo con Ebrard y con Mancera) aspiraba a convertirse en una gran metrópolis, moderna, con buenas vialidades, un gran aeropuerto internacional y grandes espectáculos. Sheinbaum se vio limitada por las decisiones retrógradas de López Obrador como presidente, ninguna tan insensata como la cancelación del aeropuerto de Texcoco.

Algunas cosas, en manos privadas (los conciertos, por ejemplo), se conservan, pero hoy la ciudad no se ha “ajolotizado”, como dicen; se ha “iztapalapizado”, se ha empobrecido, deteriorado, está más sucia y sus servicios son peores. Para colmo, ante la impericia política, la amenaza del boicot de la CNTE sigue como una espada de Damocles sobre el Mundial y todos nosotros.