La oposición recicla narrativas sin propuestas
Cuando una oposición deja de producir ideas, comienza a reciclar narrativas. Es una ley no escrita de la comunicación política. La ausencia de proyecto suele ser sustituida por la abundancia de adjetivos; la falta de propuestas, por la fabricación de escándalos, y la incapacidad de conectar con la ciudadanía, por la obsesión de atacar diariamente a quien gobierna. A este fenómeno podríamos llamarlo simplemente: el refrito.
Un fenómeno global con raíces en México
No se trata de una práctica exclusivamente mexicana. En América Latina y Europa existen numerosos ejemplos contemporáneos. Diversos sectores mediáticos y políticos recurrieron a estrategias basadas en la repetición sistemática de narrativas alarmistas, escenarios catastróficos y pronósticos apocalípticos que rara vez se materializaron. El objetivo no era necesariamente informar, sino influir emocionalmente sobre el electorado. La técnica es antigua. Se identifica un personaje, una institución o un gobierno; se selecciona un tema susceptible de generar temor, indignación o morbo; se construye una narrativa sencilla y posteriormente se coordina su reproducción simultánea en columnas, programas de radio, espacios de opinión, redes sociales y portales digitales. Lo verdaderamente interesante es que, conforme se acercan los procesos electorales, la intensidad del fenómeno aumenta de manera proporcional a la escasez de propuestas.
El patrón visible en la oposición mexicana
En México, el patrón resulta particularmente visible. Buena parte de los voceros opositores parecen operar bajo un manual común. Cambian los nombres de los autores, pero no los argumentos. Cambian los espacios de difusión, pero no los contenidos. Cambian los titulares, pero no las conclusiones. Es el mismo refrito servido todos los días. Las palabras también forman parte de la estrategia. Lo preocupante es que esta práctica suele venir acompañada de una preocupante ausencia de rigor periodístico. La investigación de campo es reemplazada por la especulación, la evidencia documental por la insinuación y la verificación de datos por la repetición coordinada de opiniones. Así surge un extraño ecosistema donde algunos comentaristas citan a otros comentaristas que previamente citaron a un tercer comentarista, hasta construir una ficción circular que termina presentada como verdad indiscutible.
Ironías y contradicciones de los críticos
No deja de resultar irónico que algunos de los principales promotores de estas campañas sean precisamente personajes que durante décadas ocuparon cargos públicos, disfrutaron de los privilegios del antiguo régimen o participaron activamente en la defensa mediática de gobiernos asociados con algunos de los episodios más cuestionados de la vida pública nacional. Hoy aparecen convertidos en predicadores de la ética republicana. Quienes guardaron silencio frente a escándalos monumentales descubren repentinamente una sensibilidad extraordinaria ante cualquier decisión gubernamental. Quienes antes justificaban excesos ahora imparten conferencias sobre transparencia. Quienes fueron beneficiarios del sistema se presentan como sus más severos críticos. La contradicción no sería problemática si estuviera acompañada por una auténtica autocrítica. Pero generalmente no ocurre así. La memoria histórica suele ser la primera víctima.
Distinguir entre crítica legítima y propaganda
Por ello, resulta indispensable distinguir entre crítica legítima y propaganda política. La primera fortalece la democracia. La segunda busca manipularla. La primera aporta datos y contexto. La segunda fabrica percepciones. La primera cuestiona para mejorar. La segunda ataca para destruir. El periodismo auténtico constituye una de las instituciones más valiosas de cualquier sociedad democrática. Gracias a periodistas serios conocemos abusos de poder, actos de corrupción y problemas que requieren atención pública. Precisamente por respeto a esa noble profesión debe señalarse a quienes utilizan el disfraz del periodismo para desarrollar campañas permanentes de desinformación. Lo que algunos llaman estrategia de comunicación no pocas veces termina pareciéndose más a una modalidad contemporánea de guerra blanda: una disputa por las percepciones donde la narrativa importa más que los hechos y donde la repetición pretende sustituir la verdad. Sin embargo, la historia suele ser implacable. Las campañas pasan. Los titulares envejecen. Los refritos se olvidan. Las ideas, en cambio, permanecen.



