El fin de la certidumbre estructural en el comercio regional
La decisión de Donald Trump de no renovar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en sus términos actuales no marca el fin del acuerdo, pero sí debería marcar el fin de una idea peligrosa para muchas empresas mexicanas: la creencia de que la integración comercial con Estados Unidos es una garantía permanente, y no un activo que debe defenderse todos los días. Así lo considera Pedro Javier Leyva Lizárraga, especialista en cumplimiento normativo, prevención de lavado de dinero y financiamiento al terrorismo (PLD/FT), gobierno corporativo y gestión de riesgos.
Desde su perspectiva, Norteamérica ha entrado en una etapa en la que la certidumbre dejó de ser una condición estructural del comercio regional y se convirtió en una variable de riesgo. El T-MEC sigue vigente, pero la decisión de someterlo a revisiones anuales cambia la forma en que empresas, inversionistas, bancos y consejos de administración deben leer el futuro.
La narrativa económica mexicana ante el nuevo escenario
Durante años, México construyó buena parte de su narrativa económica alrededor del acceso preferencial al mercado estadounidense. Esa narrativa fue clave para atraer inversión, fortalecer cadenas productivas y posicionar al país como plataforma natural para el nearshoring. Sin embargo, la decisión del presidente estadounidense obliga a reconocer algo que muchas compañías han evitado mirar de frente: la ventaja geográfica no sustituye a la capacidad institucional.
El riesgo ya no está únicamente en los aranceles. Está en la posibilidad de que un proyecto de inversión pierda viabilidad por cambios en reglas de origen, en que una cadena de suministro sea cuestionada por el uso de componentes asiáticos, en que un crédito se encarezca por mayor exposición sectorial o en que una empresa descubra demasiado tarde que no puede probar documentalmente lo que afirma en sus procesos comerciales.
El debate debe trasladarse a la agenda corporativa
Por eso, Leyva Lizárraga considera que el debate sobre el T-MEC debe salir del terreno político y entrar con urgencia a la agenda corporativa. Los consejos de administración no pueden limitarse a preguntar si el tratado sigue vigente. Deben preguntar qué tan preparada está la empresa para operar bajo revisiones constantes, qué tan trazable es su cadena de suministro, qué contratos dependen de reglas actuales, qué escenarios financieros se han modelado y qué controles de compliance existen para sostener beneficios comerciales.
México conserva fortalezas reales: ubicación, talento, experiencia manufacturera e integración productiva. Pero esas fortalezas no bastarán si las empresas siguen administrando el comercio exterior como un asunto operativo y no como un riesgo estratégico. En esta nueva etapa, competir no será sólo producir más barato o entregar más rápido. Será demostrar origen, trazabilidad, control, resiliencia y seriedad institucional.
Reaccionar con alarma o indiferencia sería un error
El mayor error sería reaccionar con alarma. El segundo mayor error sería reaccionar con indiferencia. No estamos ante una ruptura inmediata, pero sí ante una advertencia seria. El T-MEC seguirá siendo una oportunidad para México sólo si las empresas entienden que la certidumbre ya no se hereda, se construye.
La decisión de Trump no sólo presiona a los gobiernos a negociar mejor. También obliga a las empresas mexicanas a madurar. Quien siga viendo el T-MEC como un paraguas automático de protección comercial estará leyendo mal el momento. La nueva ventaja competitiva no será estar dentro del tratado, sino tener la capacidad de sostenerse dentro de él bajo mayor escrutinio, mayor presión y mayores exigencias de compliance.



