El recuerdo de una herida imborrable
El viejo Foxboro Stadium, en Boston, fue testigo de la imagen más dolorosa en la carrera de Diego Armando Maradona. Aquel escenario, que albergó el partido entre Argentina y Nigeria en la fase de grupos del Mundial de Estados Unidos 1994, dejó de existir en 2002, demolido para dar paso al actual Gillette Stadium. Pero la herida que allí se abrió sigue intacta en la memoria del fútbol.
Argentina acababa de derrotar 2-1 a Nigeria. Maradona era la estrella del equipo. Días antes había marcado un gol memorable frente a Grecia y parecía encaminado a liderar a la Albiceleste hacia otra hazaña. Sin embargo, el destino tenía preparado otro desenlace.
La caminata que marcó un antes y un después
La imagen de la enfermera Sue Carpenter conduciendo a Maradona fuera del campo se convirtió en una de las fotografías más icónicas en la historia de los Mundiales. Horas después se confirmó lo impensado: Diego había dado positivo por cinco sustancias prohibidas relacionadas con la efedrina.
"No teníamos el dato, pero sabemos lo que representó Maradona para los argentinos. Maradona nos ganó una final del Mundial así que no nos gusta mucho recordarlo", señaló Matteo, aficionado alemán. "Creo que para Sudamérica y para el mundo Maradona es un referente. Debió ser muy doloroso para los argentinos perderlo en una Copa del Mundo de esa forma, pero también les regaló muchas alegrías", mencionó Ramón Gonzales, seguidor paraguayo.
La expulsión y sus consecuencias
La FIFA expulsó al capitán argentino del torneo. La selección nunca volvió a ser la misma: sin su líder, cayó en octavos de final frente a Rumania. Tiempo después, Maradona inmortalizó aquella herida con una frase que sigue resonando en el fútbol mundial: "Me cortaron las piernas".
Tres décadas después, Boston vuelve a vestirse de Mundial con la ronda de dieciseisavos entre Alemania y Paraguay. Pero entre sus tribunas aún parece flotar el recuerdo de aquella caminata que marcó el final más doloroso de la carrera mundialista de Diego Armando Maradona, una herida que no termina de sanar para los argentinos.



