La periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez, fundadora del medio local Pulso Informativo del Sureste, fue secuestrada el 2 de junio de 2026 en su domicilio en Nanchital, Veracruz, y permanece desaparecida. Restos hallados el viernes en Ixhuatlán del Sureste están siendo analizados por expertos en genética forense; la Fiscalía y su familia han pedido esperar los resultados antes de confirmar cualquier identificación.
Colusión entre policía y crimen organizado
Entre los detenidos están el comandante y tres elementos de la Policía Municipal de Ixhuatlán del Sureste, presuntamente coludidos con el Grupo Sombra, organización que pasó de operar en dos municipios veracruzanos a controlar actividades en al menos 52. Roxana cubría quejas ciudadanas que en cualquier otra geografía mediática parecerían menores, pero que en ese territorio constituyen el registro de lo que para algunos no debe ser registrado.
El periodismo hiperlocal: el más invisible y el más expuesto
El periodismo hiperlocal no tiene el escudo relativo de los medios nacionales ni protocolos ni abogados ni atención internacional. Tiene una señal de internet y la confianza de una comunidad que no tiene a nadie más a quien llamar. En México, desde el año 2000, han sido asesinados 176 periodistas y 32 han desaparecido. Veracruz encabeza el conteo con 33 periodistas asesinados, más que cualquier otro estado del país, que es el más letal de América Latina para ejercer este oficio.
Impunidad y agresiones estatales
Más de 95% de esos crímenes permanece impune. En más de la mitad de los casos documentados por Artículo 19, el agresor principal es el Estado: los gobiernos estatales concentran 54% de las agresiones y los municipales 28%. Lo ocurrido en Nanchital es una expresión descarnada de la colusión entre autoridad local y crimen organizado.
El padre de Roxana: “Ella no les ha hecho nada”
Su padre lo articuló: “Ella no les ha hecho nada. Si ser periodista desfavorece a todo mundo, pues entonces no va a haber periodistas”. Tiene razón: ella no hizo nada que no fuera su trabajo, y su trabajo era ya una forma de insubordinación. Quienes consideran la noble insubordinación “desfavorecida” toman en sus manos que no haya periodistas.
El Estado mexicano, que no la protegió, que permitió que su municipio fuera territorio de un grupo criminal enquistado en sus propias corporaciones policiales, les debe una respuesta a ella y a todos los que siguen ahí encendidos.



