Durante las últimas semanas, México vivió una experiencia poco común: sentirse parte de algo más grande que uno mismo. La Copa del Mundo 2026 generó imágenes que trascienden lo deportivo: familias reunidas frente a una pantalla, desconocidos celebrando juntos y conversaciones espontáneas entre personas que quizá no coinciden en casi nada más. Por unos días, el país encontró una pausa en medio del ruido cotidiano.
En una columna publicada por Expansión, Nina Mayagoitia, vicepresidenta de Comunicación y Responsabilidad Social de Constellation Brands, reflexiona sobre el significado de este fenómeno. “He leído a muchas personas, conocidas y desconocidas, en distintos idiomas, describir una sensación similar. Como si el mundo entero hubiera tomado un respiro de la polarización, las tensiones y las divisiones que han marcado buena parte de nuestra época”, escribe.
Más que fútbol: identidad y pertenencia
En México, esa sensación adquiere una dimensión particular. El país enfrenta tiempos complejos marcados por la inseguridad, la incertidumbre, la desigualdad y la desconfianza. “Por eso, cuando observamos a millones de personas emocionarse al mismo tiempo, compartir símbolos comunes y reconocerse mutuamente, entendemos que no estamos hablando únicamente de futbol”, señala Mayagoitia.
Estamos hablando de identidad, de orgullo, de pertenencia. Y también de algo que rara vez ocupa los titulares pero que resulta indispensable para el desarrollo de cualquier sociedad: la capacidad de convivir. La convivencia suele verse como una consecuencia natural de la vida en comunidad, cuando en realidad es uno de sus activos más valiosos.
La confianza como capital estratégico
Las sociedades más fuertes no son aquellas que carecen de diferencias, sino las que han aprendido a procesarlas sin romper los vínculos que las mantienen unidas. Lo mismo ocurre en las organizaciones. Mayagoitia, con más de tres décadas de experiencia en distintos sectores, afirma que “los mejores resultados no nacen solamente del talento individual. Surgen cuando personas con experiencias, perspectivas e incluso opiniones opuestas son capaces de encontrar un propósito común que les permita construir juntas”.
La confianza, la colaboración y el sentido de pertenencia no aparecen por generación espontánea. Se construyen. Requieren espacios de encuentro, experiencias compartidas y liderazgos capaces de recordar aquello que une por encima de lo que separa. Para la autora, el liderazgo tiene una responsabilidad que va más allá de alcanzar resultados financieros o cumplir indicadores de desempeño: contribuir a la construcción de entornos donde las personas puedan encontrarse, escucharse y colaborar.
Un recordatorio de lo que somos capaces de construir
Mayagoitia rescata una frase que circuló durante el Mundial: “¡Qué bonito te ves feliz, México!”. Más allá de su sencillez, encierra una verdad poderosa. “Hay algo profundamente esperanzador en ver a un país sonreír al mismo tiempo. En comprobar que todavía existen momentos capaces de generar orgullo compartido, conversación colectiva y una sensación genuina de cercanía entre personas que, en otras circunstancias, podrían sentirse muy lejanas unas de otras”, escribe.
Por supuesto, cuando termine el Mundial, los problemas estructurales seguirán ahí. Ningún evento deportivo resolverá los desafíos que enfrentamos como sociedad. Pero sería un error minimizar lo vivido. “Estos momentos nos recuerdan algo fundamental: la cohesión social también es una forma de capital. Un capital que fortalece la confianza, facilita los acuerdos, robustece las instituciones y amplía nuestra capacidad para enfrentar los desafíos comunes”, afirma.
En el mundo empresarial se suele hablar de capital financiero, infraestructura, tecnología o talento. Sin embargo, existe otro activo igualmente estratégico y mucho más difícil de construir: la confianza. “La confianza entre personas, instituciones, organizaciones y comunidades es el cimiento sobre el que se construyen la colaboración, la innovación y el desarrollo sostenible”, concluye.
El legado del Mundial: una pausa que invita a la reflexión
Cuando una sociedad pierde su capacidad de encontrarse, también pierde parte de su capacidad de crecer. Cuando la recupera, se abren posibilidades que van mucho más allá de lo económico. En tiempos donde las diferencias suelen amplificarse más que las coincidencias, vale la pena recordar que una sociedad no se construye únicamente a partir de sus desacuerdos, sino también desde aquello que decide compartir.
“Ojalá que, cuando llegue la inevitable cruda mundialista, no olvidemos esta sensación. Que esta convivencia, este orgullo compartido y esta capacidad de encontrarnos no sean solamente un paréntesis emocional, sino un recordatorio de lo que somos capaces de construir cuando reconocemos que, antes que cualquier diferencia, compartimos un mismo destino”, concluye Mayagoitia.
El Mundial no resolvió los problemas de México, pero sí recordó algo profundamente valioso: todavía somos capaces de sentirnos parte del mismo país. Y quizá, en estos tiempos, ese recordatorio sea mucho más importante de lo que imaginamos.



