Jaime Bayly desacraliza a Vargas Llosa y García Márquez en 'Los genios'
Bayly desacraliza a Vargas Llosa y García Márquez en 'Los genios'

En Los genios (Galaxia Gutenberg, 2023), el escritor peruano Jaime Bayly (Lima, 1965) disecciona un episodio clave en la vida de dos novelistas latinoamericanos emblemáticos del siglo XX. El suceso es ampliamente conocido: en febrero de 1976, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, Mario Vargas Llosa rompió su imagen de hombre elegante y pulcro al propinar un puñetazo a su compadre Gabriel García Márquez. Una famosa fotografía de Rodrigo Moya captura a García Márquez con el ojo izquierdo morado y una gran sonrisa.

El narrador de Los genios señala que “aquella amistad que parecía incorruptible” (p. 16) se envenenó para siempre. En efecto, la relación parecía inquebrantable: no solo Vargas Llosa había bautizado a su segundo hijo como Gabriel Rodrigo Gonzalo, sino que también había escrito su tesis doctoral en 1971 sobre la obra de García Márquez. El puñetazo es el motor de esta novela divertida, algo morbosa —al estilo del propio Bayly, enfant terrible del Perú—, ágil y con pinceladas sobre la vida de escritores como Pablo Neruda, Alfredo Bryce, Jorge Edwards, Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro o Julio Cortázar.

Desacralizar al genio

La obra merece leerse para desacralizar la figura del genio literario y dotarlo de carne y hueso, a fin de entender su complejidad —con sus extremos de grandeza e indigencia— a la luz de su época histórica y entorno social. García Márquez es descrito como un hombre en esencia alegre: “Mientras almorzaba con Mercedes y sus hijos, canturreaba de buen humor y a veces hasta bailaba: parecía el hombre más feliz del mundo, y acaso lo era” (p. 58). Pero también se le retrata como cínico, mariguano y amiguero; un caribeño desparpajado, un “pobre con plata”, un hombre excepcional.

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La mítica agente literaria Carmen Balcells —“bruja y visionaria, pitonisa y alquimista, más genial que Gabriel y Mario juntos” (p. 60)— solía decir: “Vargas Llosa es el primero de la clase, pero Gabo es el genio” (p. 61). Vargas Llosa, en cambio, no poseía tantas dotes naturales. Sin embargo, su tenacidad espartana y disciplina flaubertiana —forjadas en parte en el Colegio Militar Leoncio Prado—, aunadas a su fe ciega en sí mismo, hicieron de él un genio literario. Y no hay que olvidar a la infatigable Patricia Llosa; sin ella, su marido, incapaz de freír un huevo, sencillamente no habría triunfado: “Patricia era recia y hacendosa y lo hacía todo bien, llevar a los niños al colegio, hacer las compras, limpiar la casa, cocinar, lavar la ropa, hasta planchar las camisas de Mario” (p. 16).

Vidas paralelas

García Márquez y Vargas Llosa llevaron vidas paralelas. Ambos fueron estudiantes de derecho y periodistas; ambos, escritores latinoamericanos en París y Barcelona; discípulos de Faulkner y protegidos de Carmen Balcells. Ambos, Premios Nobel y genios. Ambos, durante varios años, grandes amigos. Nunca sabremos la verdad del pleito entre los dos. Un epígrafe de la novela ya lo anticipa: “Algo que se aprende, tratando de reconstruir un suceso a base de testimonios, es, justamente, que todas las historias son cuentos, que están hechas de verdades y mentiras” (Historia de Mayta, Mario Vargas Llosa, 1984).

No obstante, al final queda claro que “todo genio está un poco loco” (p. 28); que los genios en su arte podrán ser geniales, pero en lo demás mediocres; que se les suele perdonar faltas imperdonables y que, pese a su grandeza creativa, adolecen de mil defectos. Individuos, en suma, tan falibles e imperfectos como el que más. Pero distinguidos por una diferencia fundamental: su terca y absoluta obsesión por la belleza.

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