La 61ª Bienal de Venecia, prevista para 2026, se encuentra sumida en una crisis sin precedentes. Según un demoledor ensayo de Daniel García Andujar, el evento acumula dimisiones, boicots, pabellones cerrados, artistas despedidos y readmitidos, países ausentes como Irán, financiación europea bajo amenaza, protestas masivas y una huelga histórica.
Protestas y boicots
La Alianza Arte No Genocidio (ANGA), Sale Docks, Morion, Biennalocene y Taring Padi han liderado las protestas. El jurado internacional renunció por la inclusión de Israel y Rusia, sustituyendo su certamen por un premio del público. Decenas de artistas retiraron sus obras.
Huelga del 8 de mayo
El paro del 8 de mayo, sin precedentes en 131 años de historia, fue encabezado por mediadores, montadores, vigilantes, técnicos, asistentes, personal de sala, traductores, productores, limpiadoras y transportistas.
Privatización y poder corporativo
Andujar denuncia la privatización del Pabellón de Estados Unidos, donde el curador Jeffrey Uslip seleccionó al escultor Alma Allen, apoyado por Jenni Parido, distribuidora de comida para mascotas y fundadora de American Arts Conservancy. La Bienal se sostiene por gobiernos, turismo de élite, marcas de lujo como Bvlgari o Prada, y fundaciones privadas como Pinault, Thyssen-Bornemisza Art Contemporary (TBA21) y el pabellón rentado por Qatar a 90 años.
Posnacionalidad y control del arte
La obsolescencia de la representación nacional se evidencia en artistas como Florentina Holzinger, quien fusiona feminismo, performance y artes escénicas, heredera del Accionismo Vienés de Hermann Nitsch. Holzinger desdibuja lo nacional frente a herederos no oficiales como Aníbal López (Premio de los Jóvenes Creadores en la 49ª edición, 2001) o Regina José Galindo (51ª edición, 2005). ¿Será turno para Rosemberg Sandoval con su acción Mugre (1999)? La posnacionalidad en Venecia demuestra la apertura global del primer mundo hacia la posperiferia, pero también su férreo control historiográfico y de mercado.



