El amor inquebrantable detrás de un ícono del periodismo
Imposible comprender la figura de Julio Scherer García, fundador de la revista Proceso, sin la presencia constante y vital de su esposa, Susana Ibarra Puga. En el centenario de su nacimiento, su hija Gabriela Scherer comparte recuerdos íntimos que constatan el papel fundamental que su madre jugó en la vida familiar y profesional de su padre.
Una pareja de carácter fuerte y debates apasionados
Ambos eran personas vehementes que no cedían con facilidad. Debatían con una intensidad que parecía depender de ello la vida misma. Gabriela recuerda la alegría contagiosa de su madre ante el retorno diario de Julio, un momento único que se renovaba cada día, iluminando el rostro de Susana con una sonrisa dibujada por labios de color naranja.
Del hogar a la trinchera periodística
Durante más de veinte años, Susana se entregó por completo al cuidado del hogar. Sin embargo, cuando sobrevino el golpe a Excélsior, comenzó a trabajar hombro con hombro con Julio en la construcción de Proceso. La falta de recursos económicos fue suplida con un enorme capital de entusiasmo aportado por todos los involucrados.
- Desde el primer aniversario de la revista, Susana se encargó de organizar la fiesta, iniciando con una cena donde los chiles en nogada hechos por ella fueron el plato principal.
- Los festejos se extendían más allá de la medianoche, llenando muchas noches con alegría plena.
La lucha contra la enfermedad y la lealtad inquebrantable
Cuando a Susana le diagnosticaron un cáncer terminal, Julio pareció derrumbarse inicialmente, pero rápidamente surgió su fuerza descomunal. Se encargó de que su compañera viviera cada momento como si fuera el último, enterándola del mal y aferrándose juntos a la vida.
En los días más difíciles, con dolor ingente y movilidad reducida, Susana expresaba: “Vivo como en un sueño, su padre y ustedes siempre a mi lado”. Julio imaginaba diariamente maneras de arrancarle una sonrisa, demostrarle su amor y darle ánimo.
Los pequeños gestos que definieron un gran amor
Hasta el final, durmieron juntos, con Julio acariciando las manos de Susana mientras ella descansaba en un sillón reclinable. Él cambió sus hábitos:
- Desayunaba y comía en casa.
- Pasaba a saludar inesperadamente.
- Le llevaba pequeños regalos.
Iniciaba y despedía cada día junto a ella, ensanchando su alma con nobleza y haciendo crecer el amor en medio del estremecimiento de los tiempos.
Las flores como símbolo de memoria y belleza
Sensible a la emoción de la belleza, Julio sembró flores en el camino de los adioses terribles. Susana se alejó entre gerberas amarillas, flores que la cautivaban y nunca le faltaron. Tras su partida, Julio colocaba flores cada 11 de mes en un jarrón verde sobre una cómoda, aprendiendo a cuidarlas para que no se marchitaran.
Afirmaba que las flores son un obsequio de la vida, embellecen la casa y en su belleza descubren el esplendor del espíritu de su madre. En 1989, adornó la cripta donde descansa Susana con un gran florero de flores de seda en colores del arcoíris y una placa con su firma.
Un legado de amor que perdura
Cada 11 de junio, Julio asistía a la iglesia de Santa Mónica para recordar a su esposa, instalándose en la parte posterior de la capilla sin llegar tarde, tomar asiento o comulgar. En 2014, ya no pudo asistir, pero pidió vestir la cripta con rosas blancas y amarillas, flores que desde 2015 acompañan a Gabriela los días 7 y 11 de cada mes.
Este relato conmovedor revela que, como bien sabían todos sus familiares, quien conoció a Susana Ibarra la amó para siempre, y su presencia fue el pilar indiscutible en la vida y obra de Julio Scherer García.



