Iztapalapa se convierte en epicentro de la fe con masivo viacrucis patrimonial
Este Viernes Santo, la alcaldía de Iztapalapa volvió a transformarse en el corazón espiritual de la Ciudad de México, congregando a aproximadamente dos millones de personas que se dieron cita para vivir la representación del viacrucis, una tradición recientemente declarada patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco. El evento, que se desarrolló con un saldo completamente blanco, demostró una vez más la profunda raigambre de esta celebración en la comunidad.
Un mar humano bajo el sol inclemente
Desde las primeras horas de la mañana, pero con mayor intensidad al acercarse el mediodía, las calles de Iztapalapa comenzaron a saturarse de fieles y curiosos. Familias completas, jóvenes, adultos mayores y niños se mezclaron en un ambiente que combinaba el recogimiento religioso con la fiesta popular. El calor, con el sol en su punto más alto, no dio tregua, pero esto no disuadió a los asistentes, quienes buscaron refugio bajo sombrillas de todos los colores que, vistas desde lejos, formaban un vibrante mosaico en movimiento.
Entre la multitud, los vendedores ambulantes ofrecían desde aguas frescas y helados hasta ingeniosos periscopios improvisados con cajas de chocolate, que por 50 pesos permitían a muchos asomarse por encima de las cabezas para captar al menos un instante del sagrado recorrido. Este ingenio popular se volvió una herramienta esencial en medio de la aglomeración.
El recorrido penitencial: esfuerzo y devoción
A partir de las 12 del día, los nazarenos iniciaron su camino de penitencia. Vestidos con túnicas moradas y cargando pesadas cruces de madera, sus rostros reflejaban tanto cansancio como una inquebrantable determinación. Algunos portaban espinas sobre los hombros o coronas que simulaban la de Jesús, añadiendo realismo a la representación. El desgaste físico era evidente; varios se detenían momentáneamente, apoyándose en sus cruces para recuperar el aliento antes de continuar, un esfuerzo que la multitud observaba con respeto y admiración.
Historias personales en medio de la multitud
Las experiencias individuales enriquecieron la crónica del evento. Una señora, acompañada de su esposo, compartió: "No es lo mismo verlo por televisión. Aquí se siente diferente, más real", expresando el sentir de muchos que prefieren vivir la experiencia en carne propia. En contraste, un joven asistía por primera vez, motivado por la oportunidad de conocer esta tradición al no tener trabajo en ese momento. Su mirada curiosa contrastaba con la de los veteranos que ya sabían qué esperar.
Este año tuvo un significado especial al ser el primero con el reconocimiento de patrimonio cultural, lo que atrajo una afluencia aún mayor. Desde puntos elevados como la Macroplaza, se podía apreciar la magnitud del evento: personas subidas en estructuras, otras cargando a sus hijos en los hombros, todas buscando una mejor vista del momento cumbre.
El clímax en el Cerro de la Estrella
El recorrido culminó en el Cerro de la Estrella, donde muchas familias habían llegado con anticipación, instalando tapetes, sombrillas y provisiones para pasar varias horas. Allí, las pantallas de transmisión jugaron un papel crucial, permitiendo que nadie se perdiera la escena final ante la imposibilidad de todos de ver directamente. El ambiente se tornó solemne conforme se acercaba el desenlace.
Los niños observaban con asombro, haciendo preguntas como "¿por qué le pegan?", mientras los adultos, especialmente mujeres mayores, no podían contener las lágrimas, conectando profundamente con su fe. Alrededor, los vendedores seguían ofreciendo productos, y los papalotes volaban, distrayendo a los más pequeños.
La crucifixión: silencio y recogimiento
Finalmente, llegó el momento de la crucifixión. Cuando Arnulfo Eduardo Morales Galicia, en el papel de Jesús, tomó la cruz, el ruido disminuyó y la atención se centró en la escena. Jesús fue colocado en la cruz mientras los asistentes observaban en respetuoso silencio, algunos rezando, otros simplemente contemplando. El sol, aunque presente, dejó de ser protagonista ante la carga simbólica del acto.
Al caer la tarde, la gente comenzó a retirarse, muchos comentando lo vivido, otros en silencio reflexivo. Todos coincidían en haber presenciado un momento único, que año con año refuerza una de las tradiciones más arraigadas de México. Iztapalapa demostró así por qué esta representación es una de las más importantes del país, uniendo fe, cultura y comunidad en una experiencia inolvidable.



