El bisabuelo de Nicolás Vikonis fue escritor y poeta; su abuelo, basquetbolista; y él, psicólogo, pero también portero de fútbol. Con una carrera bajo el larguero que duró 23 años, Vikonis ha dejado el turbulento menester de entrenar a diario y competir bajo las luces de un estadio por la apacibilidad de vivir en un paraíso como Mazatlán mientras se esfuerza por hacer mejores sesiones.
"No creí que este lugar significaría tanto, pero se ha convertido en mi casa y me gustaría seguir aquí", expresó.
El portero psicólogo
Vikonis tiene facilidad de palabra, atributo indiscutible y extraño en un deportista. Además de haber sido portero en cinco equipos uruguayos, tres colombianos y tres mexicanos, se graduó en psicología en la Universidad de la República en Montevideo. "Desde pequeño mis padres me inculcaron el estudio. A pesar de que sabían que me interesaba el fútbol, me señalaron que era necesaria una segunda opción y por eso estudié en la Universidad de la República, que viene siendo el similar de la UNAM acá en México, es decir, la casa de estudio pública más grande".
Como el fútbol ya se había metido en sus venas, vivía los días al límite. Estudiaba y jugaba, y viceversa, hasta que en 2001, a los 17 años, debutó en Primera División con Huracán Buceo, con el que se fue incluso a la Tercera División. "Tardé un poco más en terminar la carrera por lo mismo que se juntaba con los entrenamientos, pero lo cierto es que quería jugar y después de pasar por Primera División me aferré más. No fue sencillo, pero pude llegar a Fénix y Liverpool".
Vikonis, entre sesiones psicológicas y partidos de fútbol en Primera
Ya en 2009, por fin titulado, jugando para Cerrito, logró encarrilar las dos cosas. Abrió un consultorio y comenzó las terapias. "A veces los compañeros se burlaban porque llegaba a los entrenamientos con camisa y corbata, pero es que venía de dar una sesión o tenía trabajo. Por aquellos años también laboraba en una policlínica y eso era a veces un poco de broma entre los compañeros, porque era poco común un caso como el mío".
Su tronco de estudio fue la psicología clínica y poco a poco se fue orientando a la psicología deportiva, por el panorama que se abriría con el tiempo. Así fue como en 2025 comenzó con los trabajos mentales en el Mazatlán. "Me sentía preparado, he tenido muchos años de estudio. Por ejemplo, en la policlínica de Montevideo tuve un caso fuerte, que me marcó, sobre una mujer, madre, que sufría de abuso y conforme iba quitando capas descubrimos que un infante corría peligro. Inmediatamente avisé a mis maestras superiores y aunque a la directora no le sentó bien mi diagnóstico, ellas me apoyaron para seguir adelante".
Esas ráfagas de experiencia le dieron mayor auge en su carrera. Fue un portero siempre sobrio y atajador, que volaba bien de poste a poste, con cualidades de análisis conseguidas en su carrera de psicología.
¿Por qué Mazatlán representa mucho en la vida de Vikonis?
Después de brillar en el Puebla, lo adquirió el Mazatlán por dos años para terminar yendo a Celaya en Segunda División. "Contrario a lo que se pueda pensar, bajar de división me ayudó más. Comprendí que mi ciclo estaba por terminar. Aunque tuve ofrecimientos de algunos equipos en Colombia y México, no quería quedarme a jugar si mis reflejos no estaban a tope. Entonces Celaya me ayudó mucho y retorné a Uruguay con Liverpool, por lo que fue una linda manera de cerrar mi trayectoria".
Al recibir el llamado de la directiva del Mazatlán para trabajar como psicólogo deportivo, supo entonces que los años de esfuerzo habían valido la gestión. En el Mazatlán FC tuvo sesiones importantes para que los jugadores dieran todo de sí en los juegos a pesar de estar condenados a quedarse sin jugar después del verano. "Logramos establecer un buen proceso de trabajo, primero con el técnico Robert Dante Siboldi y después con Sergio Bueno. Soy mucho de permitir que el entrenador brinde los campos y áreas de trabajo y aporto mis ideas desde el rango que me corresponde".
Un duro torneo de despedida para el Mazatlán y mucho trabajo mental
Cuando parecía que todo iba bien, la noticia fue acusada con desgano y desubicación en los jugadores: el Mazatlán estaba condenado a desaparecer en el verano. "Nos enteramos realmente en diciembre, cuando veníamos de hacer un buen trabajo con Siboldi. Quedó entonces Christian Ramírez y después Sergio Bueno, con el que se hizo mucho. Siempre les dije a nuestros chicos que en el fútbol los contratos no funcionan porque cada seis meses todo se evalúa, así que era mejor que jugaran pensando que cada partido era una posibilidad de abrir puertas".
Inolvidable para Vikonis será el último partido en El Kraken, el estadio del Mazatlán que hoy está vacío: "Ganamos 4-3 en un partidazo, demostrando un deseo mental por ganar increíble y enmarcado por la despedida de un lugar maravilloso, en particular para mí".
Su viaje psicológico y deportivo quedó marcado en Mazatlán: "Aquí por primera vez pude poner a prueba todos mis conocimientos", dice sonriente, aunque de pronto mira a la ventana por donde se filtra una resolana ámbar de sol. "Habrá que ver el futuro, los jugadores ya están buscando equipo y los trabajadores de oficina entregan todo, se acabó, es triste, pero también es necesario seguir. Ya tengo a algunos deportistas con los que trabajo, así que todo está por verse".



