El aficionado: un inocente que se declara culpable por amor
UNO NO JUEGA, PERO AMANECE CANSADO. Y, sin embargo, ahí está: derrotado en bata, devastado en la cocina, explicando con dignidad táctica lo que once profesionales no resolvieron en noventa minutos. Hay derrotas que no hicimos y, sin embargo, nos cobran. El aficionado no falló el penal, no perdió la marca, no se quedó mirando cómo la pelota entraba con esa calma ofensiva que tienen algunas pelotas. Pero al día siguiente despierta como acusado de algo. Le duele una jugada en la que no participó. Tiene resaca de una historia que otros jugaron. Eso, visto con frialdad, es una locura. Visto con humanidad, es el deporte. El aficionado es un inocente que se declara culpable por amor. Dice “perdimos” con una autoridad que no le concedió ningún acta. Nadie lo convocó. Nadie lo alineó. Y, sin embargo, ahí está: derrotado en bata, devastado en la cocina, explicando con dignidad táctica lo que once profesionales no resolvieron en noventa minutos.
¿Por qué sufrir si no jugaste?
Hay quienes se burlan: “¿por qué sufres si tú no jugaste?”. Pregunta pobre. Como si solo doliera lo que toca directamente la piel. Hay dolores que entran por la camiseta, por el apellido, por la infancia, por la voz del padre que ya no está pero sigue reclamando fuera de lugar desde algún sitio impreciso.
El yo se agranda por delegación
Tal vez sufrimos por cosas que no vivimos porque una sola vida no alcanza. Vivir únicamente lo propio es una economía demasiado severa. El deporte abre una ventanilla clandestina: permite vivir por delegación, ganar sin mérito y perder sin expediente. Nos vuelve más grandes y más ridículos, que a veces son la misma operación vista desde distinto asiento.
Cuando un equipo juega, también juegan sus fantasmas: el barrio, la escuela, la radio antigua, la primera camiseta, el domingo familiar, el niño que fuimos y que todavía cree que gritar fuerte modifica la trayectoria del balón. El aficionado no mira el partido: se mira repartido en once cuerpos que no saben que lo cargan. Por eso el “ganamos” no es una mentira; es una exageración verdadera. La razón protesta: usted no ganó nada, señor. Pero la emoción responde: cállese, licenciada, que hoy no estamos para notarios. El deporte suspende por dos horas la propiedad privada del mérito. Uno puede celebrar una copa levantada por otros como si hubiera puesto el alma en la utilería.
Y algo puso. Puso tiempo, memoria, fe, superstición, paciencia, discusiones inútiles y una lealtad que no siempre tuvo reciprocidad. El aficionado entrega años a cambio de minutos. Mal negocio, pero de los malos negocios sentimentales está hecha buena parte de la vida.
La propiedad más extraña: lo compartido
Lo ajeno, cuando se comparte demasiado, empieza a parecer propio. Una derrota colectiva no pide permiso para instalarse en la casa. Se sienta a la mesa, baja la voz, arruina el café. Una victoria, en cambio, entra sin tocar y prende todas las luces. La felicidad deportiva falsifica documentos con notable eficacia.
El estadio es una fábrica de pronombres. Uno entra diciendo “yo” y sale diciendo “nosotros”, aunque ese nosotros tenga grietas, deudas, contradicciones y un señor en la fila de atrás que opina como si acabara de inventar el fútbol. El deporte no borra la soledad, pero la distrae. La pone a cantar.
Por eso lloramos derrotas que no jugamos: porque hay emociones que necesitan cuerpo ajeno para poder suceder en nosotros. El deporte nos presta una patria portátil, una familia momentánea, una causa sin programa político, salvo vencer al rival y sospechar del árbitro.
Al final, el aficionado acepta una extraña pobreza: no posee la jugada, no posee el triunfo, no posee el cuerpo que corre. Pero posee el temblor. Y a veces el temblor basta. Porque no todo lo que nos pertenece ha nacido en nosotros; algunas cosas llegan de afuera, se sientan en el pecho y nos dicen, con toda impertinencia: también soy tuya.



