UNAM celebra con emotivo homenaje los 80 años de Gerardo Estrada
Esta semana, la Universidad Nacional Autónoma de México organizó un homenaje profundamente emotivo para celebrar la destacada trayectoria del doctor Gerardo Estrada, al cumplir ocho décadas de vida y más de medio siglo como un distinguido universitario. El evento contó con la asistencia del rector Leonardo Lomelí, la coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM, Rosa Beltrán, y las palabras de destacadas figuras como Adriana Malvido, Graciela de la Torre, Rolando Cordera y José Woldenberg.
La ceremonia incluyó una pieza musical a cargo del reconocido flautista Horacio Franco, ante un público que abarrotó el auditorio del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC). Tres generaciones de creadores artísticos y promotores culturales se reunieron para celebrar la vida y obra de Estrada. No hubo, y probablemente no lo habrá en mucho tiempo, una fiesta de la cultura y de la amistad que congregue a tal comunión de afinidades y querencias alrededor de uno de los mayores protagonistas de la vida cultural en México.
El libro que resume sus andanzas intelectuales
Como parte de la celebración, se dedicó especial atención al libro de Gerardo Estrada que mejor resume sus andanzas intelectuales y políticas: "1968, Estado y Universidad" (Grijalbo, 2018). En estos más de cincuenta años se han escrito innumerables libros, artículos y testimonios sobre 1968. Podríamos imaginar esa vasta producción como una cordillera compleja de la más diversa literatura.
En esta cordillera conviven:
- Las hojas: textos canónicos que, en pocas páginas, arriesgan lo macro desde lo micro, como Posdata de Octavio Paz, las crónicas de Carlos Monsiváis en Días de guardar, o el ensayo de Carlos Fuentes en Tiempo mexicano.
- Las ramas: piezas más íntimas, retratos y testimonios que reconstruyen la atmósfera del momento, como La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska y Los días y los años de Luis González de Alba.
- El árbol: estudios monográficos desde diversas disciplinas que detienen la mirada en aspectos específicos del movimiento estudiantil.
- El bosque: exploraciones de los antecedentes sociales y culturales que enmarcan el 68.
- La cordillera: aproximaciones teóricas que permiten pensar el fenómeno de las revueltas estudiantiles de los sesenta.
La singularidad de la obra de Estrada
Lo que distingue el libro de Gerardo Estrada es que participa de todas esas escalas al mismo tiempo. No es únicamente memoria ni exclusivamente teoría; no se limita al archivo ni se refugia en la nostalgia. Es hoja, rama, árbol, bosque y cordillera a la vez. Su punto de partida es una convicción que debería ser obvia y, sin embargo, no siempre lo es: el 68 no puede reducirse a la noche del 2 de octubre.
Estrada advierte que 1968 fue un fenómeno global. Los jóvenes estadounidenses protestaban contra la guerra de Vietnam; los franceses cuestionaban la rigidez de sus instituciones universitarias; los checoslovacos resistían la invasión soviética; en América Latina resonaba la promesa de la Revolución cubana. Cada país tenía sus motivos específicos, pero había un clima compartido: una generación que descubría su voz y se atrevía a interpelar al poder.
Factores olvidados y contexto mexicano
En ese clima internacional, comenta Estrada, confluyeron factores que a menudo se olvidan. La revolución sexual y la comercialización de la píldora anticonceptiva transformaron radicalmente la relación entre cuerpo, deseo y autoridad. Al mismo tiempo, la expansión de los medios de comunicación, en particular la televisión, permitió que los jóvenes se vieran unos a otros en tiempo real. El mundo se volvió simultáneo; la indignación se volvió contagiosa.
En México, esa energía global se encontró con un régimen hegemónico de partido único, con un presidencialismo fuerte que controlaba cámaras, gobernadores y tribunales. No era una dictadura clásica, pero sí un sistema autoritario que carecía de pluralidad efectiva. La discrepancia existía en la sociedad, pero no encontraba representación institucional.
En ese contexto, la Universidad Nacional desempeñaba un papel singular. La universidad no era simplemente un centro de enseñanza e investigación; era una referencia moral y social, afirma el doctor Estrada. La discrepancia, entendida como valor esencial de la vida universitaria, se volvió también un valor cívico que traspasó sus murallas.
Revisión de mitos y legado del movimiento
El libro revisa con serenidad varios mitos que han cristalizado alrededor del movimiento. Cuestiona la idea de una alianza orgánica entre estudiantes y obreros, recordando las diferencias de clase y las distancias reales que existían. Señala los excesos e infantilismos de cierta izquierda universitaria, sin por ello justificar la intolerancia de la derecha. Desmonta las teorías de conjura internacional y rechaza el discurso puramente martirológico que reduce el 68 a una tragedia unidimensional.
Uno de los pasajes más perturbadores del volumen es el que describe los días posteriores al 2 de octubre. Mientras una parte del movimiento se desmoronaba entre detenciones y persecuciones, la ciudad se volcaba a la celebración de los Juegos Olímpicos. El tránsito vertiginoso del grito de libertad al entusiasmo deportivo reveló una verdad dolorosa: las sociedades son capaces de olvidar con rapidez aquello que las lastima.
Esa constatación produjo en muchos jóvenes un desencanto profundo respecto a la eficacia inmediata de la acción política. En el caso de Estrada, ese desencanto no derivó en la radicalización armada o el nihilismo, sino en una decisión distinta: apostar por la cultura como espacio de transformación gradual. Su trayectoria posterior como académico, gestor cultural y constructor de instituciones públicas para la cultura y las artes puede leerse como la prolongación de aquella convicción.
El 68 como inicio de un proceso
Desde esa perspectiva, para Estrada el 68 no fue una revolución fallida, sino el inicio de un proceso de liberalización cultural y política que tardó décadas en consolidarse. La apertura democrática de los años setenta, la reforma política, la emergencia de nuevas fuerzas opositoras, la creación de un órgano electoral ciudadano y la alternancia en el año 2000, pueden entenderse como estaciones de una transición lenta cuya raíz simbólica se encuentra en aquel movimiento estudiantil.
El libro de Gerardo Estrada va del testimonio personal al análisis estructural de la institución universitaria; del clima cultural global a la especificidad mexicana. No idealiza el pasado ni lo descalifica, lo interroga. Y en esa interrogación nos devuelve una pregunta que no ha perdido vigencia: qué hacemos hoy con las libertades heredadas, cómo ejercemos el derecho a la discrepancia, y hasta qué punto estamos dispuestos a defender ese derecho cuando vuelve a ser desafiado en el México de la post transición.