Hay historias que no se aprenden en los libros. Se aprenden con la conversación, en los secretos, en los miedos, cuando los abuelos cuentan. La Guerra Cristera llegó a mí así: por la voz de mi abuelita Elodia. No como lección de historia, sino como memoria viva, con la textura de las cosas que duelen y que se guardan. Ella nos contaba de sus padres que habían participado, perseguidos por su fe, por negarse a doblar la rodilla ante un Estado que había decidido que creer era un acto subversivo. En esos relatos aparecían grandes historias, la Ley Calles, el Cristo del Cubilete dinamitado, imágenes religiosas escondidas y un detalle que me persigue hasta hoy: en medio del conflicto, sus padres encontraron la manera de estar en la guerra sin empuñar un arma. Vendían telas, paliacates, cambayas, rebozos — y pequeños espejos que los combatientes cristeros usaban en el campo de batalla para ver al enemigo sin exponerse. “Ver sin ser vistos”. Sobrevivir con ingenio cuando la fe se vuelve peligrosa.
Mi abuela nombraba a los mártires con la naturalidad con que uno nombra a los vecinos: Toribio Romo González, Joselito Sánchez del Río, Anacleto González, entre otros. Y cada relato terminaba igual — con la voz en enjundia como si estuviera luchando y esas tres palabras que para ella no eran grito de guerra sino declaración de vida: “Viva Cristo Rey”.
Recorrer años después los Altos de Jalisco, visitar el Santuario de Guadalupe y de los Mártires, y leer a Jean Meyer y a Juan González Morfín terminó de armar el rompecabezas. Lo que Elodia me contó no solo era historia, era memoria viva, que, en 2026, cumple cien años.
Guerra Cristera: Cuando el Estado decidió qué fe era tolerable
Para entender la Cristiada hay que entender el México que la produjo. La Revolución reconfiguró radicalmente la relación entre el poder civil y la Iglesia católica. La Constitución de 1917 convirtió una desconfianza histórica en ley: prohibió la educación religiosa, negó a la Iglesia el derecho a poseer bienes raíces y despojó al clero de derechos civiles básicos. Fue Plutarco Elías Calles quien los convirtió en acero vivo. En julio de 1926, la Ley Calles penalizó el culto fuera de los templos, prohibió al clero extranjero y clausuró conventos y escuelas religiosas. La respuesta de los obispos fue tan radical como la provocación: suspendieron el culto público en todo el país. De un día para otro, las campanas enmudecieron.
Como escribe Jean Meyer: “Campanas mudas, tabernáculos vacíos, liturgia suspendida, vida sacramental clandestina”. No se podía bautizar a un recién nacido, ni casarse por la Iglesia, ni morir con los últimos sacramentos. Para millones de mexicanos del campo, cuya vida entera giraba en torno a la parroquia del pueblo, aquello no era una disputa política abstracta. Era la amputación de algo constitutivo de su identidad. Antes del primer disparo hubo resistencia civil. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa organizó un boicot económico que paralizó sectores enteros. Anacleto González Flores, abogado jalisciense apodado el Gandhi mexicano, lideró esa resistencia pacífica hasta que fue capturado, torturado y asesinado en Guadalajara en 1927. Su muerte no apagó el movimiento — lo encendió.
La guerra que nadie esperaba
A partir de enero de 1927, en los Altos de Jalisco, el Bajío, Michoacán y Zacatecas, miles de campesinos tomaron las armas sin preparación militar ni apoyo internacional. Meyer lo escribe con precisión: “Hay un México visible y un México invisible. Cuando los campesinos se movilizan, ocurren los fenómenos de gran peso”. La Cristiada fue exactamente eso: el México invisible haciéndose visible de la manera más estruendosa posible.
Hubo gobiernos cristeros en Jalisco, Guanajuato y Colima — territorios que funcionaron como repúblicas autónomas con escuelas, gobiernos propios y retenes militares. Los mártires son hoy santos canonizados, pero en los Altos de Jalisco ya eran santos mucho antes de que Roma lo dijera. San Toribio Romo González, asesinado en 1928 dando refugio a perseguidos. San José Luis Sánchez del Río — Joselito —, niño de catorce años martirizado por defender su fe. En 2000, Juan Pablo II canonizó a 25 mártires cristeros — ese hermoso cuadro que podemos ver en muchas iglesias de México, un Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe al centro, con los 25 mártires alrededor. La guerra cristera dejó entre 250,000 muertos y 250,000 refugiados hacia EE. UU. (en su mayoría no combatientes) y una diáspora que los libros de texto apenas mencionan: pueblos enteros de Jalisco, Michoacán y Guanajuato se vaciaron rumbo a Chicago, Los Ángeles y Texas. La Cristiada no solo mató — también dispersó.
El fin que no fue fin — y la pregunta que persiste
En junio de 1929 la guerra terminó con un acuerdo verbal. Los artículos anticlericales quedaron intactos; miles de cristeros amnistiados fueron asesinados en los meses siguientes. La Iglesia y el Estado habían negociado. Los que habían peleado no fueron consultados.
Esa traición también se heredó de generación en generación. Los artículos anticlericales permanecieron vigentes hasta 1992, cuando el gobierno de Salinas de Gortari reconoció la personalidad jurídica de las iglesias y restableció relaciones con el Vaticano. Sesenta y tres años después, el Estado mexicano admitió formalmente que tenía un pendiente. Hay pendientes que ninguna reforma constitucional salda del todo.
Cierre: el espejo y la voz
A cien años del inicio de la Cristiada, la pregunta sigue vigente: ¿qué ocurre cuando un Estado decide que la identidad profunda de millones de personas es un problema a resolver por decreto? El filósofo Rainer Forst sostiene que la legitimidad de un Estado descansa en la confianza justificada de sus ciudadanos — en la certeza de que sus creencias e identidades serán reconocidas con dignidad. Cuando esa confianza se rompe, el conflicto no es una posibilidad: es una consecuencia lógica. (Cátedra Fray Antonio Alcalde). La Cristiada nos habla de algo que trasciende lo religioso: de lo que ocurre cuando el poder subestima lo que la gente considera sagrado. No en sentido litúrgico, necesariamente. En sentido humano — aquello que una comunidad no está dispuesta a ceder porque hacerlo equivaldría a dejar de ser lo que es.
Cada vez que recorro los Altos de Jalisco y escucho las campanas de una parroquia que alguna vez fueron silenciadas por ley, puedo imaginar a mis bisabuelos, pienso en esos pequeños espejos — para ver sin ser vistos, para sobrevivir sin rendirse. Hay en ese objeto cotidiano una lección que cien años no han desmentido: que los pueblos encuentran siempre la manera de persistir, de transmitir, de recordar. Que la memoria es también una forma de resistencia. Mi abuela lo sabía. Por eso cerraba siempre igual, con la voz baja y la convicción intacta: “Viva Cristo Rey.”
Cien años después, esas palabras ya no necesitan esconderse. Pero conviene no olvidar que hubo un tiempo en que sí. Y conviene no olvidar por qué… Cien años de la Cristiada. *Jorge Alejandro Peña Landeros / Director de Biblioteca / Universidad Panamericana (UP)



