En el Penal de Santa Martha Acatitla residen 34 menores que crecen y juegan en un espacio no diseñado para ellos, rodeados de guardias de seguridad. Sus risas rompen la atmósfera pesada y sombría. Son felices con poco, pues están junto a sus madres; al preguntarles si son felices, la respuesta es un rotundo sí, acompañado de saltos, risas y gritos. La emoción se refleja en sus gestos y rostros; ningún niño miente, ellos tampoco. Son genuinamente felices en medio de personas que están ahí por diversos delitos —robo, secuestro, homicidio—, palabras que aún no comprenden, pero que forman parte del lugar donde crecen.
Un contraste de realidades
Sus espacios están llenos de color; en el patio hay un mural con caricaturas que contrasta con el fondo: uno de los edificios principales, con muros deteriorados y sucios, de cuyas ventanas cuelga ropa recién lavada, toda color beige. En este sitio se mezcla un jardín de niños (azules, verdes, amarillos) con los grises de una penitenciaría. Por un lado, pasto verde, un kiosco, una capilla, el sol; por el otro, muros sucios, entornos de encierro, tristeza en cada centímetro. Dos realidades que coexisten sin tocarse del todo.
Felicidad en la sencillez
Para esos pequeños, la felicidad se resume en canciones y juegos; les basta lo que tienen. La mayoría son bebés de brazos; los más grandecitos tienen cuatro años y meses, pero no les falta mucho para decir adiós a sus mamás. Solo podrán estar con ellas hasta que cumplan seis años. Mientras, ellas los preparan para lo que les espera afuera, ya sea con la familia, el DIF o alguna asociación.
La realidad para los niños en el penal es muy distinta a la de cualquier otro niño de su edad en el exterior. Quienes están afuera tienen una gran variedad de opciones para descubrir el mundo —parques, escuelas, calles abiertas—. Pero en el penal, aunque están limitados por los muros, se desenvuelven como si fueran más grandes; hablan, observan y preguntan con una claridad que sorprende a quienes los escuchan.
Espiritualidad infantil
Los más grandecitos hablan de Dios y de Jesucristo con mucha cercanía, como si fuera alguien que también habita estos pasillos. “Jesucristo murió en la cruz por nosotros”, dice uno; “es mi amigo”, secunda otro. En sus aulas hay una tranquilidad que no se percibe afuera; son espacios idóneos para su edad, incluso tienen sanitarios pequeñitos, dibujos en las paredes, estrellas colgando a lo largo del pasillo. A lo lejos se escucha el audio de una película animada; algunos niños miran la televisión sentados en el piso, absortos. Esta estancia desarma el entorno y por un instante no se siente como una prisión.
Celebración del Día de la Niñez
En el marco del Día de la Niñez hay juguetes, pastel y dulces; todos se reúnen en el salón de usos múltiples. Al ver lo que se preparó para ellos, brincan de emoción, ríen y señalan lo que más les gusta. Las mamás llegan con un semblante serio, contenido, pero la expresión se les transforma en cuanto ven la reacción de sus hijos e hijas. Se miran entre ellas, sonríen; por un instante, el peso se les va del rostro. Hay 15 niños y 19 niñas; el más pequeño tiene siete días de nacido. Antes de repartir los juguetes, se les pide que mantengan silencio y lo hacen de inmediato; todos ponen atención al instante. El bullicio se apaga y solo se escuchan los balbuceos de los bebés.
Para recibir un juguete, deben colorear un borreguito; la dinámica entusiasma también a las madres, se acercan a las mesitas con sus pequeños, se inclinan y los ayudan. Incluso quienes cargan a sus bebés piden una hoja y colores también: “es que está muy bonito y quiero uno para mi bebé”, comenta una de ellas.
Al final, sin importar la edad, todos reciben pastel, gelatina, dulces y juguetes. Mientras degustan el pastel, los niños y niñas del penal abrazan con emoción sus cosas, se las muestran a sus amigos. Las mamás se acercan a agradecer la visita, las sorpresas y regalos; dejan ver que ellas también están contentas. El penal —por unos minutos— deja de sentirse como tal.
¿Por qué viven niños y niñas en el penal?
Hasta 2025 había 311 niñas y niños viviendo con sus madres en los centros penitenciarios de México. En la Ciudad de México solo hay 34, los que están en Santa Martha. Viven en penales porque sus madres presas se embarazaron y, por ley, se les permite permanecer con ellas durante sus primeros años de vida.
La vicepresidenta de la Comisión de Derechos Humanos del Congreso local, Rebeca Peralta, comentó a Crónica que la niñez en los centros de reinserción hace que los derechos se contrapongan. “Por un lado tenemos el derecho de la madre a estar con su hijo; por el otro, está el derecho de ese niño a crecer en condiciones que garanticen su desarrollo pleno. No es una elección entre madre o hijo; es garantizar ambos derechos: el de permanecer unidos y el de crecer en condiciones adecuadas”.
“Afuera, la infancia significa descubrir el mundo; aquí adentro, significa adaptarse a él. Hay una gran diferencia: los niños en libertad aprenden explorando; en reclusión aprenden restringiendo sus pasos. El desarrollo no debería depender de un entorno de encierro, pero lamentablemente así es”.



