En su tercera edición, el Alternativa Film Festival (AFF) aterrizó en Medellín, reuniendo a cineastas, críticos, distribuidores y gestores culturales en un encuentro que no solo celebró el cine, sino que también lo cuestionó desde sus cimientos. Más que una vitrina de películas, el AFF se consolidó como un espacio de reflexión urgente sobre las condiciones de producción, circulación y legitimación del cine del Sur Global.
Lanzado en 2023 por inDrive como una iniciativa sin fines de lucro, el festival tiene una misión clara: amplificar las voces de regiones históricamente subrepresentadas —América Latina, África y gran parte de Asia— y posicionar sus narrativas en el mapa internacional. En ese sentido, Alternativa no solo exhibe cine, sino que busca generar impacto social a través de historias que invitan a pensar, dialogar y transformar.
Naturaleza itinerante y sede en Medellín
Una de sus características más distintivas es su naturaleza itinerante. Tras su primera edición en Kazajistán (2023) y la segunda en Indonesia (2024), el festival eligió a Medellín como sede principal en 2026, reafirmando el papel de la ciudad como un nodo cultural clave en América Latina. Durante diez días —del 21 al 30 de abril—, las salas se llenaron de proyecciones, encuentros y conversaciones que pusieron en el centro una pregunta persistente: ¿qué pasa con las películas después de ser hechas?
El debate sobre la distribución
El 29 de abril, una de las charlas más reveladoras del festival abordó precisamente ese eslabón olvidado: la distribución. Moderada por Carlos A. Gutiérrez, cofundador de Cinema Tropical —organización dedicada a la difusión del cine latinoamericano en Estados Unidos—, la mesa reunió a voces clave del ecosistema internacional: la crítica Jessica Kiang, el programador y crítico Adrian Jonathan, y Katalina Tobón, directora internacional de promoción de Proimágenes Colombia.
El punto de partida fue incómodo pero necesario: en un mundo supuestamente globalizado, ¿realmente el cine latinoamericano ha ganado visibilidad o sigue orbitando en los márgenes? Katalina Tobón lo planteó con claridad: la industria ha puesto durante años el foco en la producción, dejando en segundo plano lo que ocurre después. “Estamos muy enfocados en hacer películas, pero ahora hay nuevas preguntas: ¿qué sigue?”, señaló. La respuesta, coincidieron los panelistas, pasa por construir alianzas, fortalecer redes y repensar los modelos tradicionales de circulación.
Adrian Jonathan subrayó la urgencia de crear estructuras colaborativas que permitan distribuir cine más allá de lo comercial. En su experiencia en Indonesia, existe incluso una brecha entre quienes pueden acceder al cine y quienes no, lo que evidencia que el problema no es solo geográfico, sino también social y económico.
Más allá de los grandes festivales
Uno de los ejes más provocadores de la conversación fue la obsesión de la industria por los grandes festivales como única vía de validación. ¿Qué alternativas existen para los cineastas que quedan fuera de esos circuitos? Jessica Kiang fue tajante: “Ser seleccionado en un festival internacional no es lo único que importa”. Para ella, uno de los grandes retos es cambiar la mentalidad de los propios creadores y ampliar el horizonte de posibilidades. Existen decenas de festivales menos conocidos que buscan activamente cierto tipo de películas, y aprender a identificar esos espacios puede ser clave. Adrian Jonathan coincidió: uno de los mayores problemas es el desconocimiento de estas otras plataformas. En lugar de concentrar todos los esfuerzos en unos pocos eventos de alto perfil, los cineastas podrían diversificar sus estrategias y construir trayectorias más sostenibles.
Katalina Tobón, por su parte, apuntó a la necesidad de profesionalizar la distribución. Propuso la creación de programas de formación que enseñen a los cineastas no solo a crear, sino también a vender sus obras, así como la incorporación de agentes especializados que liberen a directores y productores de esa carga.
Redefiniendo el éxito en el cine
La conversación derivó inevitablemente en una cuestión más profunda: ¿qué significa realmente “tener éxito” en el cine? Durante décadas, la respuesta ha estado asociada a la selección en festivales de prestigio o a la distribución internacional. Sin embargo, en el AFF surgió una visión alternativa —más cercana, más humana— del éxito. Para Katalina Tobón, el verdadero logro está en construir comunidad, en lograr que una película toque a su audiencia y en visibilizar realidades que normalmente quedan fuera del radar. Jessica Kiang lo resumió de forma contundente: “Hacer una película ya es lo suficientemente difícil. Ese es el éxito. Fin”. Adrian Jonathan añadió otra capa: el cine no debería ser una práctica solitaria. La colaboración, la amistad y el intercambio de ideas son, para él, formas esenciales de éxito, especialmente en contextos donde los apoyos institucionales son limitados.
Reconectar con las audiencias locales
Uno de los consensos más claros del panel fue la necesidad de dejar de mirar exclusivamente hacia lo internacional. Antes de aspirar a conquistar mercados globales, los cineastas deben reconectar con sus audiencias locales. “¿Para quién son las películas?”, preguntó el moderador citando al director guatemalteco Daniel Rodríguez. La reflexión cobra sentido en una industria donde los procesos —financiamiento, producción, distribución— pueden tardar años, alejando las obras de los públicos que podrían dialogar con ellas de manera más inmediata.
En este contexto, las redes sociales emergen como una herramienta ambivalente pero poderosa. Según Adrian Jonathan, han facilitado el acceso a nuevas audiencias, aunque también han fragmentado los gustos: cada ciudad, cada espacio, cada comunidad espera algo distinto del cine.
El cine y las nuevas generaciones
Otro de los puntos clave fue la relación entre el cine y las nuevas generaciones. ¿Están los niños creciendo con el cine? ¿O están siendo absorbidos por otros lenguajes audiovisuales? Katalina Tobón destacó iniciativas que buscan acercar el cine a las escuelas, dotando a maestros y mediadores de herramientas para formar públicos desde edades tempranas. La apuesta es clara: si no se cultivan nuevas audiencias, el futuro del cine —especialmente el independiente— queda en riesgo.
Desigualdades estructurales y redes comunitarias
Las desigualdades estructurales siguen marcando el panorama del cine en muchas regiones del Sur Global. Adrian Jonathan señaló que, en Indonesia, la falta de apoyos institucionales es una constante. Sin embargo, en esa carencia también ha surgido algo valioso: una fuerte red comunitaria que sostiene a los creadores. Esa tensión —entre precariedad y colaboración— atraviesa buena parte de las cinematografías periféricas. Y es precisamente ahí donde festivales como Alternativa encuentran su razón de ser: no solo en exhibir películas, sino en tejer vínculos.
Conclusiones y futuro
La tercera edición del Alternativa Film Festival no ofreció respuestas definitivas, pero sí algo quizás más importante: preguntas incómodas, necesarias, urgentes. En un ecosistema donde hacer una película no garantiza que alguien la vea, donde la validación sigue concentrada en unos pocos espacios y donde las audiencias están en constante transformación, pensar en la distribución ya no es opcional: es esencial. Medellín, como sede de esta edición, no solo acogió estas conversaciones, sino que se posicionó como un punto de encuentro para imaginar otros futuros posibles para el cine. Futuros donde el éxito no se mida únicamente en premios, sino en conexiones; donde lo local no sea un límite, sino un punto de partida; y donde, finalmente, las películas encuentren a quienes están destinadas a mirar.



