En una época saturada por explosiones de color que, paradójicamente, suelen esconder contenidos vacíos, el estreno de Ciudad de Muertos se manifiesta no solo como una película, sino como un acto de justicia poética. Bajo la dirección de JM Cravioto, esta obra se desprende de la superficialidad imperante de los creadores de contenido modernos para sumergirse en la profundidad del blanco y negro, utilizando un formato 5x7 diseñado meticulosamente para devolvernos esa textura analógica que parece haberse perdido en el ruido digital.
La esencia de un México perdido
Lo que Cravioto y el productor Eduardo Díaz Casanova han logrado es capturar la esencia de un México de los años cincuenta que ya no existe, pero que sobrevive en el imaginario colectivo gracias a la lente de Enrique Metinides. Resulta fascinante observar la evolución de JM Cravioto. Tras haber explorado la adrenalina y el género en cintas como Mexican Gangster o la experimentación visual de Olimpia, el cineasta parece haber alcanzado una madurez que le exige volver al origen de la imagen.
Una búsqueda de identidad visual
Su decisión de abordar ahora la vida de Metinides responde a una búsqueda por desentrañar la identidad visual mexicana, alejándose de los artificios comerciales para abrazar un cine de autor más contemplativo y antropológico. Cravioto decide hacer este tipo de cine hoy, precisamente porque reconoce que en la inmediatez del scroll infinito, hemos perdido la capacidad de observar el dolor y la tragedia con el respeto y la pausa que el “Niño Perdido” profesaba.
Un homenaje necesario
El filme es un homenaje necesario a aquel hombre que fue capaz de transformar la tragedia en arte visual, otorgando una imagen digna a los momentos más silenciosos y profundos de la nota roja periodística. En este sentido, la labor de Jero Medina resulta fundamental; su actuación no es una simple interpretación biográfica, sino una encarnación vibrante y respetuosa de la atormentada vida de Metinides. Medina logra transmitir esa mirada única de quien observa el desastre no con morbo, sino con la sensibilidad de un cronista del destino, permitiéndonos entender cómo el fotógrafo encontraba simbolismo en medio del caos.
Un guion que se entrelaza
El guion de Bernardo Esquinca se entrelaza perfectamente con esta propuesta, logrando que la película se sienta como si estuviéramos viendo a través de los ojos del propio retratista. Al prescindir de los distractores cromáticos actuales, Ciudad de Muertos nos obliga a enfocarnos en la composición, en las sombras y en la humanidad que emana de cada encuadre. Es un recordatorio de que el cine, cuando se hace con propósito, puede rescatar del olvido a figuras fundamentales de nuestra cultura. Apoyar este filme es reconocer que, frente al vacío de la inmediatez, aún queda espacio para la poesía en la fotografía y para los relatos que, como el trabajo de Metinides, logran que el silencio hable con una fuerza devastadora.



