Crítica: aciertos y desaciertos en El Amor Brujo y La Vida Breve
Crítica: El Amor Brujo y La Vida Breve en Bellas Artes

Una crítica artística equilibrada debe hablar de aciertos y desaciertos. Y si de desaciertos se trata, el programa de mano digital de El amor brujo / La vida breve, publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes, entrega una cantidad generosa de furcios.

Problemas en el programa de mano

Primero: María de la O Lejárraga y Carlos Fernández Shaw son los libretistas, creadores, y por tanto los dioses de estas dos obras, junto con el compositor Manuel de Falla. En la jerarquía, a ellos corresponde el puesto más alto. El libreto es el alma de una obra escénica, y el nombre del libretista no se esconde bajo toneladas de texto. Sin libreto, Falla no tiene drama que musicalizar. El amor brujo conjura porque Lejárraga escribió a Candela. La vida breve denuncia porque Fernández Shaw escribió a Salud y a Paco. En esas 53 páginas, el programa incluye 7 fotos enormes de bailarines, pero ni una sola imagen de Lejárraga ni de Fernández Shaw, ni sus nombres en la primera página, donde deberían encabezar con letras enormes junto al de Falla. Borrar a Lejárraga es repetir la violencia que sufrió en vida: que otro firme lo que ella escribió. Borrar a Fernández Shaw es dejar que Salud se muera huérfana. Un programa del INBA no puede permitirse ese nivel de mediocridad, no en Bellas Artes, no en 2026, no en los 150 años de Falla.

Confusiones en la dirección

Otra perla negra: a Nuria Castejón la llaman directora concertadora. ¡No señores! Eso sería que ella dirige la orquesta, pero no fue así; el director concertador fue Alejandro Miyaki. Confundir directora de escena con director de orquesta en un PDF oficial es no saber de qué se habla. Las ideas de la directora de escena no siempre son claras; a ratos hay ritual, a ratos hay humo. Por ejemplo, la función abre con un prólogo que no existe en la obra original, que se permitieron inventar: un declamador grabado diciendo a Lorca y música flamenca grabada, como si no hubiera en México quien lo puede hacer en vivo y muy bien. Que la función comience con música grabada es convertir a Bellas Artes en karaoke de lujo. Falla, Lejárraga y Fernández Shaw no escribieron esa antesala. Ponerle pórtico ajeno a un templo es confundir al feligrés antes de que entre. Si el drama necesita explicarse antes de empezar, es que la escena no confía en sí misma.

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El simbolismo confuso

Otro ejemplo: en El amor brujo deambula una niña descalza. ¿Qué representa? Tardamos un ensayo y dos funciones en atar cabos: ¡es Salud, la de La vida breve, pero de niña! En la segunda parte ya tiene 18 años y la interpreta una cantante. La única pista que une a ambos personajes: que las dos salen descalzas. Pero Salud es una gitana pobre, no una presidiaria ni una beata. No es concebible que con 18 años vaya a recibir a Paco, su novio, sin unas alpargatas, aunque las haya cosido ella misma. Toda mujer busca verse hermosa para el hombre que ama. Descalza en el ritual, sí; descalza en el cortejo, no. Ponerla descalza frente a Paco es arrancarle la coquetería, el erotismo, la voluntad. Es negarle su condición de mujer que desea y que se sabe deseada. Confundir pobreza con pureza es traicionar a Lejárraga, a Fernández Shaw y a Falla. Si el símbolo traiciona la lógica del personaje, deja de ser símbolo y se vuelve capricho. Si el público necesita árbol genealógico y línea de tiempo para seguir la escena, la dirección no comunica: confunde.

Cuando la música salva la noche

Pero al final, Falla ganó, y los libretos de Fernández Shaw y Lejárraga. Porque cuando entró la orquesta, cuando Salud abrió la boca y le salió el alma, cuando el cante jondo recordó que no pide permiso, el teatro respiró. La voz de la joven Salud tuvo celos, tuvo orgullo, tuvo hambre de Paco. Ahí, descalza y todo, hubo mujer. Y en El amor brujo, el baile fue fuego y tuvo tierra, no humo. La orquesta de Alejandro Miyaki entendió que Falla no se dirige: se obedece. Y obedecieron con oficio, con rigor, con duende. La cantaora supo que Candela no suplica, conjura. Paco cargó con la culpa sin disculpas, como debe ser. Salud no murió de amor: murió de verdad, en el escenario, frente a todos. Ahí es cuando los furcios pasan a un segundo plano.

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Colaboración de compañías

No es la primera vez en cuarenta años que colaboran la Compañía Nacional de Danza y la Ópera de Bellas Artes. Ya lo hicieron en Carmen, Samson et Dalila, Les contes d’Hoffmann, Carmina Burana y un largo etcétera. Tampoco es la primera vez que El amor brujo y La vida breve se presentan juntas; esa unión ya se ha hecho exitosamente en España.

Elenco destacado

La Compañía Nacional de Danza estuvo de rechupete; en poco tiempo asimilaron bastante bien una técnica que no es la suya. Bailar flamenco no es bailar ballet, y lo hicieron más que bien; resultaron encantadoras. ¡Bravo! Un gran aplauso a las intérpretes de Salud: Cecilia Eguiarte y Angélica Alejandre, así como a quienes prestaron su voz a Paco: César Delgado y Dante Alcalá. El cantador Israel Ayohua cumplió. Belén Rodríguez y Tatiana Burgos, la abuela de Salud, aunque batallaron con la muy grave tesitura que escribió Manuel de Falla, sacaron el personaje con pundonor. Coro y Orquesta de Bellas Artes: ¡Bravo, enhorabuena!

Vaya a verla

Vayan a verla, y coméntenla y discútanla. Escuchen a Manuel de Falla en vivo, y a los versos de Fernández Shaw y Lejárraga, para aplaudir a Miyaki y a un elenco que suda el duende. Vaya para que no le cuenten. Y cuando salga, abra el programa digital y cuente usted mismo cuántas fotos de bailarines hay antes de encontrar el nombre de María de la O Lejárraga. Luego me dice si exagero. No se la pierda. Se requiere que usted esté ahí para atestiguarlo.