Ya hace tiempo que se estrenó en cines y desde hace pocas semanas está disponible en Disney Plus esta comedia dramática: Familia en renta. Japón es un país que marca la pauta en pulcritud moral, civismo y espíritu de sacrificio por el bien común. Los niños caminan solos por las calles, toman el autobús y todos los adultos cuidan de ellos. Sus índices delictivos están entre los más bajos del mundo. Todo parece en orden.
Una dicotomía imposible
En Japón existe una dicotomía aparentemente imposible: el apego a la tradición milenaria confucianista y la mirada hacia el futuro. El país del sol naciente es la sociedad del mañana hoy, con su hipertecnologización y su alto grado de civilidad. Todo es perfección y exactitud.
Como en muchas sociedades asiáticas, el trabajo lo es todo. En la escala de prioridades del japonés, su empresa supera a cualquier otro aspecto de su vida. Las jornadas laborales son extensas y agotadoras. Desde pequeños, los nipones son educados para ser disciplinados y obedientes. La empresa se convierte en tu familia.
Presión laboral y soltería
Una japonesa vive bajo la amenaza de su empresa para no embarazarse; si comete un descuido, la cigüeña y el despido son casi sinónimos. La soltería es generalizada; los jóvenes posponen o evitan el costoso compromiso matrimonial. Cerca del cuarenta por ciento de los japoneses en edad de casarse nunca han tenido pareja. Una japonesa causó revuelo en internet al casarse con un holograma. A los hombres no les va mejor. Es triste ver en conciertos de idols —cantantes pop adolescentes— a legiones de otakus mayores de treinta años dedicándoles su amor platónico.
El fenómeno de las familias en renta
El ejemplo más típico de familia nipona combina dos problemáticas socioculturales casi irreversibles: padres ancianos, algunos tan abandonados que prefieren delinquir para ir a la cárcel, donde tendrán comida, atención médica y techo; e hijos solteros que alquilan minidepartamentos y sobreviven en precariedad laboral y falta de vínculos afectivos. Este es el paraíso modernista que asfixia y corroe emocionalmente a muchos nipones, llevándolos al suicidio. Japón tiene uno de los índices de suicidio más altos del mundo.
Carecer de una familia, o tenerla incompleta o fragmentada, es común en Japón. La familia es crucial para el bienestar emocional. Esta película, Familia en renta, estrenada en 2025, dirigida por Hikari y coescrita con Stephen Blahut, está protagonizada por Brendan Fraser. Fraser interpreta a un actor estadounidense en el ocaso de su carrera que vive en Japón y trabaja para un servicio de familias de alquiler. Una mujer necesita un esposo en renta para presentar a sus ancianos padres en una reunión familiar; la firma le ofrece un actor profesional que interpretará el papel con todo profesionalismo.
Un servicio así no prosperaría en México y América Latina, aunque quizá solo sea cuestión de tiempo: las familias monoparentales aumentan, la soltería se generaliza entre millennials y centennials, y avanza el invierno demográfico. En Japón, las familias en renta son una realidad llevada al cine y cumplen una función social, terapéutica y de apoyo emocional.
Sinopsis de Familia en renta
El actor Phillip Vanderploeg, que ya vio pasar sus mejores glorias, trabaja para una firma de este servicio. Una madre soltera, Hitomi Kawasaki, lo contrata para hacerse pasar por el padre de su hija Mia. Necesita que Phillip asista con la niña a una junta escolar para que sean evaluados y Mia pueda ingresar a la escuela: rigores de un Japón mitad tradicional y mitad moderno. La cercanía afectiva que Phillip logra con Mia lo lleva a traicionar su papel y salirse del guion. Algo similar ocurre con el actor retirado Kikuo Hasegawa, ante quien Phillip se hace pasar por un escritor que desea entrevistarlo. Ambos conectan profundamente y se vuelven cómplices de una última aventura.
Familia en renta es una conmovedora película que nos adentra en el corazón de un Japón donde la despersonalización hace necesario buscar nuevas formas de animar una sociedad que conoce la prosperidad y la civilidad, pero ha pagado el precio del abandono, la soledad y el hastío, males que solo se sobrellevan con el apoyo de padres, hijos, hermanos o un cónyuge.



