El mandato del gol: unidad y caos en los festejos de la Selección Mexicana
El mandato del gol: unidad y caos en los festejos

Hay pocas cosas capaces de suspender, aunque sea por unas horas, el permanente estado de crispación nacional. Una de ellas es la actuación de la Selección Mexicana de Futbol. No importa quién ocupe Palacio Nacional, quién presida el Congreso o cuál sea el escándalo del día. Si el Tri gana un partido o un torneo importante, las plazas se llenan, los cláxones sustituyen a los discursos y el Ángel de la Independencia se convierte en la catedral civil del entusiasmo mexicano.

Un fenómeno que trasciende gobiernos

En 1970, los mexicanos se olvidaron de los abusos de un régimen represor como el que ejerció con puño de hierro el presidente Gustavo Díaz Ordaz; en 1986 se olvidaron del dolor y las pérdidas causadas por uno de los peores desastres que ha vivido nuestro país y de la incapacidad del gobierno del presidente Miguel de la Madrid Hurtado para hacer frente a la desgracia. A diferencia de la actual mandataria, Claudia Sheinbaum Pardo, ambos expresidentes se mostraron sonrientes al inaugurar y clausurar cada una de las anteriores justas mundialistas con México como sede.

Ninguna otra convocatoria logró reunir en apenas una semana a más de cuatro millones de personas en torno a pantallas, que para la mayoría fueron el único acceso al Mundial de Futbol. Es un fenómeno fascinante. Durante el partido, y horas antes y después, desaparecen las encuestas, las conferencias mañaneras, los pleitos partidistas y hasta los algoritmos del odio, al menos de la mente y la atención de millones de mexicanos. Muchos de ellos, aunque enfrentados por el discurso político, se abrazan y ríen juntos.

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El futbol como idioma común

El país encuentra una identidad común que rara vez aparece en la discusión pública. La defensa de la soberanía se reduce al triunfo y a los goles de los once mexicanos en una cancha. La política lleva décadas intentando fabricar esa unidad. Nunca lo consigue. El futbol la produce sin decreto, sin convocatorias, sin fines ni perspectivas de otro futuro que no sea ver avanzar a los dirigidos por Javier Aguirre.

Quizá por eso tantos gobiernos han querido fotografiarse junto al balón. Desde los viejos tiempos del presidencialismo hasta la era de las redes sociales, la tentación ha sido la misma: apropiarse, aunque sea simbólicamente, de una alegría que no les pertenece. El cálculo es sencillo. Si la Selección emociona a millones, una imagen con los campeones puede transferir una parte de ese afecto.

La lección ignorada por la clase política

Sin embargo, el mandato del gol es muy claro: el ciudadano distingue perfectamente entre el orgullo deportivo y la aprobación política. Sale a festejar porque ganó México, no porque ganó un gobierno. El Ángel no es una plaza oficialista; es un territorio ciudadano donde convergen todas las ideologías y ninguna importa demasiado mientras ondee la bandera. Ahí reside una lección que la clase política parece empeñada en ignorar.

Los festejos populares tienen reglas propias. Son espontáneos, desordenados, emotivos y profundamente democráticos. Nadie pregunta por credenciales partidistas antes de abrazar al vecino. Nadie exige una militancia para cantar el himno. Nadie organiza listas de asistencia. Nadie es subido a camiones o camionetas con promesas o amenazas. La celebración pertenece a quien decide salir de su casa. Es, probablemente, una de las pocas manifestaciones masivas que no necesita acarreados.

Los costos de la euforia

Naturalmente, también aparecen los excesos. Vehículos dañados, mobiliario urbano destruido, alcohol convertido en combustible de la euforia y operativos policiacos que oscilan entre la tolerancia y la improvisación. Cada victoria importante revive el mismo debate: ¿cómo celebrar sin convertir la fiesta en un problema de seguridad pública?

Los daños a terceros o las lesiones graves pueden superar los 350 mil pesos por jornada, una cifra conservadora considerando que el 73% de los vehículos en la CDMX circulan sin seguro. Cientos de multas administrativas. Festejar alterando el orden público conlleva penalizaciones económicas. Beber alcohol en la vía pública o realizar necesidades fisiológicas en la calle conlleva multas que van desde los mil 760 hasta más de 3 mil 500 pesos, además de posibles arrestos de hasta 36 horas.

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En zonas de alta afluencia de festejos, como el Ángel de la Independencia, las restricciones a la venta de alcohol han dejado pérdidas estimadas de hasta 15 millones de pesos por jornada para el comercio formal, de acuerdo con la ANPEC. A nivel corporativo y de oficinas, el ausentismo y el presentismo durante los horarios de mayor audiencia han generado pérdidas acumuladas de hasta 6 mil 273 millones de pesos en el sector empresarial en México, según datos de las organizaciones patronales, el 10% de los 65 mil millones de pesos de derrama económica que la Concanaco-Servytur calcula para todo el Mundial.

¿Cómo gestionar la alegría?

Pero es una fiesta que nadie planeó y a la que todos se sumaron. ¿Y cómo evitar los daños? La respuesta nunca ha estado en prohibir. Y eso el gobierno de la Ciudad de México se niega a verlo. Tampoco en militarizar. La presencia de la Guardia Nacional en nada ha cambiado el entusiasmo de los asistentes a las plazas públicas llamadas Fan Fest, ni a lo largo del Paseo de la Reforma ni en ninguna de las ciudades y alcaldías que colocaron megapantallas.

Está en asumir que las ciudades modernas necesitan espacios para celebrar. Los gobiernos suelen planear dispositivos para marchas, conciertos y manifestaciones, pero pocas veces diseñan protocolos específicos para una explosión espontánea de felicidad colectiva, pese a que saben exactamente dónde ocurrirá: el Ángel, el Zócalo y las plazas principales del país.

El valor simbólico de la unidad

Porque los triunfos deportivos no solo generan emociones. También ponen a prueba la capacidad institucional para administrar la alegría. Y ahí, curiosamente, la política vuelve a aparecer. Mientras algunos funcionarios calculan el costo de los daños materiales, pocos reparan en el enorme valor simbólico de esos encuentros ciudadanos. Miles de jóvenes ocupando el espacio público para celebrar una victoria deportiva representan una fotografía mucho más saludable que la de una sociedad resignada al aislamiento o atrapada exclusivamente en la confrontación digital.

Conviene no despreciarlo. En tiempos en los que todo divide, el futbol sigue construyendo un idioma común. No resuelve la inseguridad, no reduce la inflación ni mejora los servicios públicos. Tampoco sustituye las obligaciones del Estado, pero recuerda algo que la política suele olvidar: las naciones también se sostienen sobre emociones compartidas.

El Ángel, termómetro sentimental

Quizá por eso el Ángel sigue siendo el termómetro sentimental de México. Ahí se celebran campeonatos, se lloran derrotas, se exigen derechos, se protesta contra los gobiernos y se conmemoran tragedias. Ningún edificio legislativo, ninguna oficina pública y ningún partido concentran tanta carga simbólica como ese monumento que observa, desde hace más de un siglo, los cambios de humor del país.

En San Lázaro se producen leyes. En el Ángel se producen memoria y alegría. Y cuando la Selección gana, por unas horas, hasta los adversarios descubren que todavía existe algo capaz de ponerlos del mismo lado de la calle. Y cuando pierde, no importa: la euforia debe seguir y aparece el conformismo: “jugaron como nunca”.

Y cuando el humo de los cohetes se disipa, deja ver el caos, la basura y el desorden. Queda la evidencia de la incapacidad del gobierno para organizar una fiesta, y ahí queda la memoria de decenas de lesionados y al menos cuatro muertos. ¿Quién se hará responsable? Lástima que el silbatazo final llegó antes de que esa unidad deportiva nos llevara a acuerdos nacionales que trajeran paz y desarrollo.