Pensar las infancias en el México de 2026 exige un desplazamiento desde la comodidad del discurso simplista y superficial hacia la incomodidad del sentido. No basta con enumerar carencias ni reiterar derechos constitucionales; es necesario interrogar cómo la sociedad mexicana produce, organiza y administra la experiencia infantil. La infancia aparece como una figura límite que evidencia tanto la promesa de lo humano como la violencia estructural que la niega.
Fallas institucionales y normalización del sufrimiento
Las instituciones modernas —Estado, escuela, sistema de protección— no solo fallan en garantizar derechos, sino que a menudo normalizan el sufrimiento infantil mediante dispositivos burocráticos y discursivos que reducen la experiencia humana a mero expediente. Esta reducción responde a una racionalidad que convierte la vida en objeto de gestión. Las niñas y niños son proclamados sujetos de derechos, pero tratados como objetos de intervención: se les protege sin escucharlos, se les mide sin comprenderlos, se les considera sin reconocerlos.
Múltiples infancias, un solo modelo excluyente
El problema se agrava al considerar las múltiples infancias que coexisten en el país: indígenas, urbanas, migrantes, trabajadoras, desplazadas, digitalizadas. Sin embargo, el modelo institucional dominante opera con una imagen homogénea y excluyente. Aquellas infancias que no encajan —las que hablan otra lengua, habitan la calle o viven en contextos de violencia extrema— son sistemáticamente invisibilizadas. La teoría crítica recuerda que toda categoría social es producto de relaciones de poder; la infancia no es excepción.
Violencia estructural y pérdida del mundo habitable
En el México contemporáneo, la exclusión adopta formas complejas. La violencia estructural —económica, territorial, simbólica— se inscribe en los cuerpos infantiles de manera diferencial. El trabajo infantil, la inseguridad, la contaminación, la precarización del cuidado y la fragmentación comunitaria limitan radicalmente la experiencia plena de la niñez. Más allá de los derechos, se interrumpe la estructura misma de la experiencia: la infancia como apertura, asombro y relación con el mundo.
Potencia ontológica de la infancia
Sin embargo, reducir la infancia a víctima sería un error. Es necesario reconocer su potencia ontológica: su capacidad de apertura, creación de sentido y resistencia simbólica. La infancia no solo revela nuestras crisis, sino que contiene la posibilidad de otro mundo. Esta doble condición —fractura y promesa— la convierte en un punto de inflexión civilizatorio. El trato a las niñas y niños es el criterio para juzgar el proyecto histórico de una sociedad.
Hacia una ética del cuidado
Pensar las infancias en 2026 implica una transformación radical: reconfigurar el cuidado como principio estructurante de la vida social, abrir el espacio público a la voz infantil como acto de justicia epistémica y asumir que la infancia es el presente más exigente. No es lo que vendrá, sino lo que ya nos interpela. En la mirada de una niña, en el juego de un niño, se revela algo que la racionalidad adulta ha olvidado: la vida no puede reducirse a función o cálculo. Esa revelación apunta a una nueva inversión copernicana: dejar de organizar la sociedad desde la lógica de la producción para transitar a una ética del cuidado. No pensar la infancia como preparación para la vida, sino como su forma más radical, experiencia fundante de todo lo que vendrá. Porque la infancia enseña que el mundo no está cerrado, que aún puede ser narrado de otro modo y que, incluso en la fractura, persiste la posibilidad de recomenzar.
Investigador del PUED-UNAM



