El peso de un apellido: la condena hereditaria del Dr. Aurelio Orellana
El político se deshacía en elogios con un discurso encendido, entornando los ojos como un profeta que vislumbra el futuro tras una densa bruma. Repitió el nombre de mi abuelo tantas veces que parecía empeñado en sacarlo de la tumba a fuerza de invocarlo.
—El doctor Rufino Orellana es la joya de la corona, el científico más destacado de nuestro tiempo —proclamaba, elevando el mentón, manoteando el aire como si intentara atrapar un objeto invisible—. Y es por eso que nos reunimos aquí: para inaugurar el nuevo nosocomio que llevará su nombre: Hospital Civil Rufino Orellana.
Los aplausos estallaron como un castillo de pólvora. Una multitud de políticos, médicos y curiosos desbordaba el auditorio. Cada vez que el gobernador pronunciaba “Orellana”, el nudo en mi cuello se apretaba un poco más. Así lo sentía: como si alguien estuviera tensando la cuerda de un condenado parado sobre el patíbulo.
La imposición de un destino
Aurelio Orellana Meléndrez. Ese soy yo. Para entonces terminaba la preparatoria. Tenía un carácter soñador y estaba profundamente enamorado de las letras, pero la respuesta de mi padre ante mi vocación fue rotunda y sin apelación:
“Nada de escritores en esta casa. Somos médicos. Y tú no serás la excepción.”
Así comenzó la odisea de mi vida: entre tomos enciclopédicos y el rigor de las guardias interminables. Al terminar la especialidad ya me esperaba la dirección de una clínica; un ascenso sin mérito, una condena que me ganó enemistades gratuitas. En los pasillos del hospital mi nombre se pronunciaba con burla y resentimiento.
Tenía veintiséis años y una responsabilidad que me aplastaba como la piedra de Sísifo. Orellana… Orellana… Si mi apellido fuera González o Pereira de seguro que mi vida sería distinta. No estaría aquí, cautivo, detrás de un escritorio en donde brilla el nombre “Dr. Aurelio Orellana, Director.”
La desaparición del individuo
Con el tiempo entendí la cruel realidad: mi nombre fue borrándose lentamente. Nadie recuerda al Aurelio que leía a escondidas al Quijote, al joven que creía que la vida podía escribirse de otro modo, al soñador que anhelaba las letras sobre la medicina.
Decidí tomar una medida drástica: no tener hijos. Romper la cadena hereditaria. Que el apellido Orellana terminara conmigo. Esa fue mi única rebeldía posible, mi acto de resistencia silenciosa contra un destino impuesto.
Y durante años, funcionó. Hasta que una noche, mi esposa, con una sonrisa que no supe descifrar, dijo esas palabras que cambiaron todo:
—¡Sorpresa!… tendremos un Orellana…
La noticia llegó como un terremoto en mi mundo cuidadosamente construido. La cadena que creí haber roto se reanudaba, el apellido que esperaba desaparecer conmigo tendría un nuevo portador. La condena familiar, lejos de terminar, se extendía hacia el futuro.



