Sinaloa, el Venezuela mexicano: caída de Rocha Moya y esperanza ciudadana
Sinaloa, el Venezuela mexicano: caída de Rocha Moya

Desde septiembre de 2024, cuando estalló la guerra interna en el Cártel de Sinaloa, dos consignas vinculadas al gobernador de ese estado se han vuelto emblemáticas. Una se dice entre risas; la otra se expresa con furia. “¿Y el Roooocha?” se convirtió en chiste, meme y desahogo para evidenciar a un gobernador ausente. ¿Dónde estaba el mandatario frente a la crisis? Llegaron a gritárselo en un avión comercial, y él lo tomó a broma. La otra consigna es “¡fuera Rocha!”, que más que una protesta se transformó en un anhelo de la ciudadanía sinaloense, sobre todo de Culiacán, donde los efectos de la guerra se han sentido con mayor intensidad.

La población percibe que la salida de Rocha del gobierno es el inicio de la solución, una condición necesaria —aunque no suficiente— para que termine la guerra y regrese la paz tras un año y medio de conflicto. La desesperación ciudadana, que sabía que su gobernador no era parte de la solución sino un eje central del problema, parecía haber llegado al máximo cuando, gracias a Estados Unidos, llegó la gran noticia: Rocha pidió licencia y deja la gubernatura.

El estilo de la caída de Maduro en Venezuela

Muy al estilo de la caída de Nicolás Maduro en Venezuela, en diversos sectores del concierto nacional molestó que la salida de Rocha Moya fuera consecuencia de un golpe extranjero, encima del “imperialismo yanqui”, con el sello de Donald Trump. Ese chocante injerencismo. En enero de este año, frente a una opinión pública internacional incómoda porque un manotazo de Trump tumbó al dictador Maduro, hubo quienes dijeron: pregúntenles primero a los venezolanos. Los venezolanos estaban más felices por el fondo que preocupados por la forma: más contentos porque Maduro se fue que por la intervención militar de Trump. “Haiga sido como haiga sido”, diría el clásico.

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Quizá con Rocha Moya hay que plantear lo mismo: pregúntenles primero a los sinaloenses. Hubiera sido mejor que el caso de Rocha se procesara internamente, claro. Un poco de pudor en la Cuarta Transformación habría bastado para deducir que su permanencia era inviable. Pero no tuvieron el mínimo decoro; optaron por protegerlo. Hasta que llegó el manotazo de Trump. Y los sinaloenses están felices.

Un año y medio de miedo e inseguridad

Un año y medio sin poder respirar en paz, sin poder salir a cenar ni hacer una fiesta como Sinaloa manda. Lo que Venezuela vivía de hambre y pobreza, Sinaloa lo vivía de miedo e inseguridad (que termina conduciendo al hambre y la pobreza, basta echar un ojo a los datos de crecimiento económico, inversión y empleo del estado). Hay motivos para celebrar, sí, pero también —como en el caso Venezuela— hay motivos para la cautela.

Rocha solo pidió licencia temporal para dejar el cargo mientras se le investiga por parte de la Fiscalía General de la República. La presidenta Sheinbaum ya dio todas las señales de que esa investigación lo va a exculpar. En lugar de Rocha, quedó interinamente una figura de su mismo grupo político. Hasta hoy, ni siquiera ha demostrado ser la Delcy que lo entrega, sino la Claudia que ocupa el cargo para garantizarle impunidad y darle el mando a distancia.

El mismo grupo sigue controlando todo

El mismo grupo sigue controlando todo: el gobierno, el partido, el Congreso, el Poder Judicial, muchos medios. Este escenario ha moderado entre los sinaloenses el júbilo inicial por la salida de Rocha. La protección de la presidenta Sheinbaum ha acentuado una decepción: la frustración de que al final nada va a cambiar, de que el pacto es más importante que todos los sinaloenses juntos.

Hasta hoy, la presidenta ha mandado la inequívoca señal de que no se preocupa por los sinaloenses; se preocupa por uno solo: Rubén Rocha Moya. Igual que López Obrador, que siempre le dio el espaldarazo a Rocha. Y mientras compran tiempo para operar su exoneración, están dejando a cargo del estado a perfiles sin experiencia ni capacidad. Si algo necesita Sinaloa es justo lo contrario.

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