El primer papa estadounidense en la historia del Vaticano fue elegido el año pasado por 133 cardenales. Su nombre no figuraba entre los principales candidatos favoritos para convertirse en el nuevo jefe de la Iglesia católica romana. Su elección fue sorpresiva. El cónclave que lo votó como nuevo Papa duró menos de dos días, siendo un proceso rápido y menos desgastante que en ocasiones anteriores. El humo blanco de los votos quemados salió de la chimenea de la Capilla Sixtina anunciando la llegada del nuevo sucesor de San Pedro en la Tierra. Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, Illinois, cambió su vida por completo al convertirse en León XIV.
El Papa americano
El Papa que nació en suelo estadounidense y se nacionalizó peruano cumple hoy un año de ser el jefe de Estado del Vaticano. Quién diría que un oriundo de Chicago tendría oportunidad de convertirse en Papa. Nadie se imaginaba que un estadounidense sería elegido, especialmente ante la coyuntura internacional actual y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. El cónclave, al final, decidió tener a un estadounidense al frente de la Iglesia.
El tiempo pasa rápido. Un año puede ser mucho o poco, pero actualmente tenemos a León XIV posicionado como un líder que ha tenido que enfrentar de manera fuerte, concisa y diplomática al mandatario de su país natal. No es fácil, pero es uno de los pocos exponentes que tiene el posicionamiento, las cartas y la moral para poner en su lugar a Trump. Entiendo que se tendría que hablar del Papa por sus logros, cambios, su insistencia en la paz o sus formas de querer ser diferente al papa Francisco, pero sinceramente, creo que lo que más sensacionalismo está dejando durante su primer año de papado son las grandes diferencias con la actual administración en Washington.
Diferencias con la administración Trump
La elección de Prevost se podía definir en un principio como algo magnífico para Trump y su relación con el Vaticano, pero muchos expertos advirtieron que sería completamente lo opuesto. La Iglesia de León XIV no serviría a los intereses de Washington. Se chocarían dos polos que piensan muy diferente. Uno ve por la paz mundial; el otro, solo ve por una paz disfrazada de amenaza.
Las diferencias no eran tan notorias todavía el año pasado. Existía cierta diplomacia sin querer comprometerse a tanto. León XIV no podía ser ese Papa estadounidense, sino de todo el mundo. Conoce bien la política, el idioma y el sistema de su país natal, pero al final, llevaba décadas fuera de Estados Unidos siguiendo el camino de la religión. Su sonrisa tímida hacía saber que quería desapegarse del sello Trump. Entre sus primeros actos, estuvo criticar el ataque a Venezuela y decidir no viajar a Estados Unidos para conmemorar el 250 aniversario de su independencia. Después, al iniciar el conflicto militar en Oriente Medio, criticó la decisión de Trump al atacar a Irán. Consecuentemente, Trump decidió entrar en un casi conflicto político-diplomático que provocó tensiones entre Washington y el Vaticano. El punto de inflexión resultó ser el no apoyar la operación militar estadounidense en Irán.
El papa León XIV se entremezcló entre la política y la religión usando el eco de la paz mundial. A Donald Trump no le gustó ser desafiado. Al final, todo quedó en palabras y berrinches. Marco Rubio tuvo que hacer un bomberazo en la Santa Sede.
Sin más, llegamos al año de un Papa que alza la voz cuando es necesario sin importar el tipo de líder. La paz es más importante que la religión o la política.



