En la trayectoria del doctor Marcos Alejandro García García confluyen dos historias que rara vez se separan: la del rigor académico y la de una curiosidad persistente. Investigador en el Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), su trabajo se sitúa en uno de los territorios más abstractos de la ciencia: la frontera entre la física de partículas y la cosmología del universo temprano, donde intenta entender “de dónde viene todo” y cómo evolucionó hasta formar lo que hoy observamos.
Un hogar que sembró la curiosidad
Esa búsqueda no comenzó en un laboratorio ni en una ecuación compleja, sino en un hogar. “En mi casa siempre hubo libros sobre ciencia”, recuerda. Su padre, también formado en física, había reunido una colección de textos y revistas que se convirtieron en su primer contacto con el mundo científico. “Era lo que había y era lo que leía”. Dicho entorno sembró una inquietud que no necesariamente se reconocía como vocación desde el inicio. Durante la secundaria y la preparatoria, admite, no tenía claro que su camino sería la física. “Fue casi al final que dije: ‘Bueno, esto me gusta, esto me llama la atención’”. La decisión no llegó como una revelación súbita, sino como una constatación gradual, en la que aquello que le intrigaba era entender cómo funcionan las cosas en su nivel más fundamental.
Ecuaciones y decisiones
Su paso por la preparatoria en la UNAM fue decisivo. Ahí encontró profesores que no se limitaron al programa oficial, sino que empujaban a los estudiantes más allá. “Siempre se pasaban de los temas y nos enseñaban cosas más avanzadas”, señala. Ese tipo de enseñanza marcó una diferencia, despertó interés, pero también le permitió reconocer sus propias habilidades. “Me di cuenta de que era lo que yo sabía hacer”, explica. Las matemáticas y la física no le exigían memoria —“tengo muy mala memoria”—, sino razonamiento. En ese terreno encontró una forma de pensar que le resultaba natural: partir de conceptos básicos y construir respuestas.
Esta capacidad lo llevó a una carrera académica que lo llevó a graduarse de la Facultad de Ciencias de la UNAM con la medalla Gabino Barreda y continuó sus estudios de posgrado en el Instituto de Ciencias Nucleares, donde obtuvo reconocimientos como la medalla Alfonso Caso. Más tarde, realizó un doctorado en física de altas energías en la Universidad de Minnesota, acumulando premios internacionales por su desempeño académico y docente. Sin embargo, para él esos logros no fueron el objetivo. “Lo vi un poquito como consecuencia del esfuerzo que estuve haciendo”. Más que perseguir premios, su motivación era resolver preguntas. “Alguien me pregunta algo y no sé, pero ahorita mismo te lo investigo”.
Su lógica define también su manera de entender la física teórica. Lejos de la imagen hermética que suele atribuírsele, la describe como un ejercicio creativo: “Pensamos en las bolitas que están chocando como si fueran caniquitas y esos dibujitos se conectan con ecuaciones”. La abstracción, en su caso, no elimina la intuición; la transforma.
De la duda al rumbo propio
La carrera de Marcos García no estuvo exenta de incertidumbre. Durante sus estudios, reconoce, atravesó momentos en los que no tenía claro qué área seguir. “Fue un poco disperso”, admite. La orientación de un tutor lo encaminó inicialmente hacia la física matemática aplicada a la mecánica cuántica, pero su estancia en Estados Unidos marcaría un giro. “Allá me di cuenta de que me gustaba más la física de partículas y la cosmología”. Aquel cambio implicó un reto. Aunque el lenguaje matemático era similar, el enfoque era distinto. “Sí me costó mucho trabajo pero al final del día no me arrepiento”.
Esa experiencia también transformó su forma de entender la ciencia. En el extranjero encontró entornos donde la colaboración internacional era constante y las perspectivas diversas. “Te encuentras gente de Asia, de África, de Europa y eso te permite abrir tus perspectivas”. La ciencia, entendió, no es solo acumulación de conocimiento, sino diálogo continuo.
Hoy, su trabajo se centra precisamente en esas preguntas fundamentales: el origen del universo, la materia oscura, los procesos inflacionarios y la evolución temprana del cosmos. Ha publicado decenas de artículos en revistas internacionales y sus investigaciones han sido presentadas en foros científicos de todo el mundo. Aun así, insiste en que el camino no ha sido lineal. “No siempre me ha ido tan bien como yo quisiera”. Recuerda, por ejemplo, sus dificultades iniciales en física de partículas. “No le entendía yo mucho y fue ahí cuando dije: ‘No sé tanto como yo pienso’”. Aquella conciencia de límite se convirtió en motor: estudiar más, corregir errores, seguir avanzando.
Enseñar a pensar: el oficio de formar
Además de investigar, García dedica una parte importante de su trabajo a la formación de estudiantes. Ha dirigido tesis de licenciatura y posgrado, y mantiene un grupo activo de jóvenes investigadores. Pero más allá del contenido académico, su interés está en transmitir una actitud. “Que no tengan miedo de resolver problemas”, resume. Para él, el valor de la física no se limita a su campo, sino a las herramientas que desarrolla, como el pensamiento lógico, la capacidad de adaptación y el análisis. “El lenguaje de las matemáticas te permite estudiar procesos microscópicos, hacer finanzas, enviar personas al espacio”.
Dicha visión se refleja también en su forma de trabajar con estudiantes. No busca dependencia, sino iniciativa. Prefiere que lleguen con preguntas propias, que se enfrenten a la dificultad y aprendan a construir respuestas. “No tener que estarlos correteando, que ellos vengan a mí”. Cuando intenta explicar su profesión fuera del ámbito académico, recurre a una idea sencilla: “Utilizar las matemáticas para explicar cómo funciona nuestro universo”. A partir de ahí, la conversación puede extenderse indefinidamente hacia agujeros negros, Big Bang o átomos. Lo importante, dice, es mantener viva la curiosidad.
Ciencia y posibilidad
De regreso en la UNAM desde 2021, donde hoy es investigador asociado y miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel II, Marcos García valora especialmente la posibilidad de continuar su trabajo en México. También reconoce los desafíos, como la falta de apoyo y la necesidad de fortalecer las colaboraciones internacionales. “No podemos quedarnos aislados”, advierte. Para él, la ciencia requiere movilidad, intercambio, encuentros donde las ideas se confrontan y evolucionan. Las reuniones virtuales, aunque útiles, no sustituyen la intensidad del trabajo conjunto.
A quienes consideran dedicarse a la investigación, les ofrece una visión realista. El campo es limitado y no siempre hay espacio para todos. Sin embargo, insiste en que las habilidades adquiridas son transferibles. “Todo lo que vas a aprender es útil, te adaptas muy bien a la solución de problemas”. En el fondo, su mensaje es no perder la curiosidad. “Hay muchas herramientas actualmente para tratar de entender estas preguntas, de dónde venimos, a dónde vamos”. La inquietud, que comenzó entre libros en una casa familiar, sigue siendo el eje de su trabajo. Hoy, rodeado de ecuaciones, estudiantes y proyectos sobre el universo temprano, mantiene intacta esa pulsión inicial. “Siempre estoy tratando de buscar nuevos problemas, nuevas preguntas”. En ese impulso —más que en los premios, las publicaciones o los cargos— se encuentra la verdadera medida de su trayectoria.



