La Era del Vacío: Multitud en CDMX Graba a Streep y Hathaway en Ritual Digital
Multitud en CDMX Graba a Streep y Hathaway en Ritual Digital

La Era del Vacío: Multitud en CDMX Graba a Streep y Hathaway en Ritual Digital

La escena tenía algo de siniestro y mucho de revelador: una multitud arrodillada, no ante dioses antiguos, sino ante dos divinidades contemporáneas del cine, Meryl Streep y Anne Hathaway, mientras decenas de manos levantaban iPhones como cetros modernos. El evento, ocurrido la semana pasada en la Ciudad de México, fue parte de la promoción de la segunda parte de El diablo viste a la moda, transformándose en una liturgia digital donde la presencia física ya no basta—hay que probarla.

De la Alfombra Roja al Archivo Digital

Con acceso restringido principalmente a influencers y farándula local, la aparición de las actrices en la Casa Museo Frida Kahlo y el Museo Anahuacalli fue cuidadosamente coreografiada. La escenografía del exotismo cultural mexicano sirvió de fondo para un ritual donde la antigua ceremonia religiosa que prometía salvación fue reemplazada por una nueva liturgia que promete visibilidad. Guy Debord lo anticipó: en la sociedad del espectáculo, dejamos de vivir las cosas directamente y las experimentamos a través de imágenes.

Lo que cambia radicalmente es la naturaleza del objeto de adoración. Antes se trataba de una trascendencia que exigía fe; hoy se trata de una inmanencia que exige registro público e inmediato. Estar ya no es suficiente—hay que demostrar que se estuvo, y hacerlo de manera cuantificable a través de likes y followers. La experiencia se desplaza hacia su representación, y el acontecimiento queda subordinado a su archivo digital.

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Colonialismo Digital y Gestos Actualizados

En el contexto mexicano, la escena adquiere una dimensión adicional particularmente elocuente. No se trata únicamente de la fascinación global por la fama, sino de la persistencia de una lógica colonial. La reverencia está dirigida hacia figuras que llegan de fuera, investidas de un capital cultural y mediático que se presume superior.

La comparación con Quetzalcóatl no es gratuita: remite a ese momento fundacional donde la otredad fue leída como divinidad. El smartphone se convierte en el instrumento que actualiza un gesto antiguo: reconocer en el otro—lejano, extranjero, mediáticamente consagrado—una forma de autoridad afectiva y aspiracional. De eso se trata en última instancia: del deseo no solo de ver, sino de ser visto viendo.

Homogeneidad Tecnológica y Experiencia Mediata

Lo más inquietante quizás sea la homogeneidad del gesto: todos graban, todos levantan el mismo dispositivo, todos adoptan la misma postura corporal. La diversidad de la multitud se diluye en la repetición de una acción idéntica. Es como si la tecnología hubiera estandarizado no solo la forma de registrar la experiencia, sino la experiencia misma.

Esta coreografía tiene un efecto paradójico: al intentar capturar el momento, lo aleja sin remedio. La pantalla se interpone entre el sujeto y el acontecimiento. Lo que se vive es ya, desde el inicio, una imagen mediada. Y sin embargo, nadie parece dispuesto a renunciar a esa mediación, porque en ella se juega la posibilidad de existir en el espacio público contemporáneo.

La Tribu que se Congrega pero no se Articula

En la era del vacío—como la llamó Gilles Lipovetsky—los contenidos se vuelven intercambiables, ligeros y efímeros. La profundidad cede ante la velocidad, la memoria se externaliza en dispositivos, y la identidad se construye en la superficie de las pantallas. La imagen no es solo un registro: es una forma de ser.

La escena tiene algo de ritual en un sentido difuso: como repetición significativa de actos que producen comunidad. Grabar, compartir, reaccionar—tres gestos que articulan una nueva forma de pertenencia a una red de legitimidades simbólicas. Toda comunidad se define también por lo que excluye, y aquí queda fuera la posibilidad de una experiencia no mediada, de un encuentro que no aspire a convertirse en contenido.

¿Resistencia en la Era de las Métricas?

No se trata de demonizar la tecnología ni de idealizar un pasado sin pantallas. Se trata de recuperar conciencia sobre los dispositivos que median nuestra relación con el mundo. Cada vez que levantamos el celular para grabar, tomamos una decisión: privilegiar la representación sobre la experiencia.

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La escena habla de todos nosotros, de nuestra forma de estar en el mundo, de nuestra relación con el tiempo, la memoria y el deseo. Habla de una época donde la prueba ha sustituido a la vivencia, donde la imagen ha desplazado a la presencia, donde la fe se mide en métricas.

Sin embargo, hay una lectura más ambigua: si bien todos graban, también es cierto que todos están ahí. Han salido de sus espacios privados, se han reunido, han compartido un momento—aunque sea mediado—en un mismo lugar. Si la tribu se organizó en sociedad conversando alrededor del fuego, aquí la tribu se congrega de nuevo, pero no se articula.

Tal vez la pregunta no sea si debemos dejar de grabar, sino cómo habitamos ese gesto. Si es posible, en medio de la proliferación de imágenes, recuperar una forma de atención que no se agote en la captura. Si podemos, incluso con el teléfono en la mano, sostener por un instante la experiencia sin traducirla inmediatamente en contenido.

Más allá de las diosas del momento, de los likes y las métricas, lo que está en juego es algo más frágil y persistente: la capacidad de asombro. Esa que no necesita pruebas, que no busca validación externa, que no se traduce en cifras. Esa que, quizá, sigue siendo la forma más radical de resistencia en la era del vacío.