Cada vez que voy al aeropuerto paso frente al Parque Liberación -antes El Deán- y no puedo evitar pensar en una paradoja muy tapatía: un parque inmenso con lago, canchas deportivas en buen estado, alberca, asadores, árboles maduros y hasta un tren antiguo como pieza de museo, pero casi siempre vacío. No desierto, porque vida hay, pero sí profundamente subutilizado. Son cerca de 240 mil metros cuadrados con más de 800 metros de frente hacia Lázaro Cárdenas, una de las avenidas más transitadas de Guadalajara, y aun así parece existir más en el plano urbano que en la vida cotidiana de la ciudad. La pregunta es inevitable: ¿por qué?
La respuesta incómoda
Los parques no funcionan por decreto. No basta con asignar suelo, plantar árboles, poner bancas y cortar el listón. Jane Jacobs lo advirtió hace más de medio siglo en The Death and Life of Great American Cities: la gente no usa los espacios públicos sólo porque estén ahí, ni porque algún funcionario o diseñador imaginó que así debía ocurrir. Los usa cuando esos espacios están tejidos a la vida diaria.
Problemas de diseño y acceso
El Parque Liberación está rodeado de tránsito, pero no de ciudad peatonal. Miles de autos lo bordean cada hora; pocas personas llegan caminando. Tiene una reja perimetral de casi dos metros que lo separa físicamente de su entorno, con accesos demasiado distantes entre sí. Sobre la Calle 14, que lo circunda en buena parte, hay tramos donde los barrotes simplemente ya no existen: la gente los ha quitado para poder entrar y salir sin tener que caminar cientos de metros -a veces casi un kilómetro- hasta encontrar una puerta formal. Esa intervención espontánea dice más que cualquier diagnóstico técnico. Cuando el diseño urbano no entiende la manera en que la gente usa la ciudad, la gente termina corrigiéndolo a la fuerza.
Contexto industrial y falta de barrio
El parque está en una zona predominantemente industrial. Si bien la Colonia El Dean está pegada al mismo, es muy pequeña y su población no es suficiente para poblar el parque inmenso. La Colonia Ferrocarril está separada por la frontera que es Lázaro Cárdenas. En los alrededores hay bodegas, talleres, tráfico pesado y actividad laboral durante ciertas horas, pero poca vivienda cercana y poca vida barrial continua. Algo similar ocurre con el Parque González Gallo: otro gran espacio verde que, pese a su tamaño y potencial, muchas veces se siente solo, desconectado y vacío. No tiene un barrio que lo abrace. Tiene alrededor industria, bodegas y una soledad que puede resultar intimidante, especialmente para una mujer caminando sola. En ambos casos, el problema no es la falta de metros cuadrados verdes; es la falta de ciudad alrededor.
Más que pulmones verdes
Durante años repetimos que “los parques son los pulmones de la ciudad”. La frase es bonita, pero también limitada. Su valor no puede medirse únicamente por cuántos árboles tienen o cuántas partículas contaminantes absorben. El valor profundo de un parque está en lo que provoca: encuentro, descanso, juego, contemplación, convivencia, apropiación social. Un parque sin gente puede tener árboles, pero no necesariamente vida urbana. Y en algunos casos, como en El Deán, hay árboles, pero falta diseño, jardinería, intención espacial. Hay superficie, pero no siempre hay composición. Hay verde, pero no necesariamente paisaje.
Motivos de visita
Los parques necesitan motivos de visita. La gente no va al parque por obligación moral. Va porque hay algo que hacer: llevar a los niños a juegos bien diseñados, caminar con sombra, sentarse en un lugar agradable, pasear al perro entre otras personas, comprar algo en un mercado temporal, asistir a un concierto, jugar futbol, tomar un café, ver y ser visto. Si la alternativa es caminar por una banqueta viva, con vitrinas, cafés, comercios y movimiento, la ciudad activa puede resultar más atractiva que un parque grande y vacío.
El éxito del Parque Revolución
Por eso el éxito reciente de la remodelación del Parque Revolución importa tanto. Demuestra que los parques son más necesarios hoy que nunca, pero también que ellos necesitan a la ciudad tanto como la ciudad los necesita a ellos. El Parque Revolución funciona porque está rodeado de vivienda, comercios, escuelas, transporte, edificios, peatones, domingos de Vía Recreativa y una centralidad urbana que lo alimenta. No es sólo un área verde: es una pieza dentro de un sistema de vida cotidiana.
Lecciones para el futuro
Esto debería obligarnos a revisar con más seriedad dónde y cómo hacemos parques. En el Oriente de Guadalajara, por ejemplo, hay zonas donde valdría la pena estudiar si ciertos activos estatales o municipales pueden convertirse en espacios públicos abiertos, sin rejas, con propósito, con razones claras para visitarlos y con diseño profesional. No parques improvisados por el gobernante en turno ni explanadas verdes para la foto oficial, sino proyectos pensados por arquitectos paisajistas, urbanistas, botánicos, sociólogos urbanos y vecinos.
Conclusión
El problema no es hacer más parques. El problema es creer que cualquier terreno sembrado de pasto resolverá una deuda urbana. Guadalajara no necesita únicamente contar hectáreas verdes; necesita preguntarse cuántas de esas hectáreas están vivas, cuántas son accesibles, cuántas invitan a quedarse y cuántas están rodeadas por una ciudad que las sostenga. El Parque Liberación no necesita sólo más árboles. Necesita mejores accesos, mejor diseño, más actividad, más bordes vivos y más barrio. Necesita menos aislamiento y más mezcla urbana. La discusión, al final, va mucho más allá de la jardinería. Es una discusión sobre cómo estamos construyendo Guadalajara, para quién la estamos haciendo y por qué tantos espacios públicos, aun siendo enormes, siguen esperando que la ciudad llegue a ellos.



