Durante años, la conversación pública sobre inclusión ha estado dominada por declaraciones y buenas intenciones. Hoy, el estándar es otro: la inclusión no se proclama, se demuestra. La paridad de género abrió una puerta fundamental al establecer un piso mínimo de representación entre hombres y mujeres, pero resultó insuficiente para reflejar la complejidad de la sociedad mexicana. Por ello, el Instituto Nacional Electoral ha impulsado acciones afirmativas que obligan a incorporar en candidaturas a personas de la diversidad sexual, comunidades indígenas, afromexicanas, con discapacidad y migrantes.
De las cuotas a la transformación institucional
Estas medidas son necesarias, pero no son el punto de llegada. Hay una diferencia de fondo entre cumplir una cuota y transformar una institución. Las cuotas obligan a abrir espacios; la transformación ocurre cuando esos espacios se ocupan en los niveles donde realmente se decide. En el INE, más allá del cumplimiento de acciones afirmativas en candidaturas, hay un dato concreto: en la Junta General Ejecutiva, el órgano que conduce la operación cotidiana del Instituto, hoy participan personas de la comunidad LGBTTTIQ+ y al menos una persona que se identifica como indígena. No es un gesto simbólico, sino una decisión que se refleja en el núcleo de poder administrativo del Instituto.
La paridad no puede ser selectiva
Es necesario introducir una precisión incómoda pero indispensable: la paridad no puede interpretarse de manera selectiva. Excluir a Guadalupe Taddei Zavala de la contabilidad de la paridad de género es un error técnico y una contradicción de fondo. Ella es la primera mujer en encabezar el Consejo General del INE, y su presencia forma parte inherente de cualquier análisis serio sobre representación de género. Pretender lo contrario desvirtúa el sentido mismo de la paridad, especialmente cuando esta exclusión se articula desde disputas políticas específicas. La paridad de género no puede someterse a criterios de afinidad o desacuerdo político; hacerlo debilita la causa.
Inclusión como práctica, no como discurso
La conducción de la consejera presidenta Guadalupe Taddei Zavala ha introducido la inclusión como práctica, no como discurso. La integración de perfiles diversos en la Junta General Ejecutiva no responde a una obligación legal directa, sino a una definición institucional sobre el tipo de órgano que se quiere construir. Ahí se vuelve evidente la diferencia entre quienes hablan de inclusión y quienes la ejercen. Cuando la diversidad está presente en los espacios donde se toman decisiones, deja de ser un tema de agenda para convertirse en una realidad estructural.
El riesgo de la inclusión selectiva
La paridad fue el primer paso; las acciones afirmativas ampliaron el horizonte. Pero la inclusión sustantiva, la que se acredita en los hechos, es la que redefine a las instituciones. La inclusión no puede ser parcial, ni selectiva, ni condicionada por la disputa política. Cuando eso ocurre, deja de ser inclusión y se convierte en otra forma de exclusión. Ese es el riesgo que hoy está sobre la mesa, y también la oportunidad de corregir el rumbo.



