Morena enfrenta desgaste interno por abusos y soberbia de sus cuadros políticos
Las imágenes recientes han sido poderosas y devastadoras para la imagen pública de Morena. Hugo Ortiz Aguilar, mirando hacia abajo mientras dos asistentes le limpian los zapatos, y Andrea Chávez, arreglándose el peinado en el salón de belleza del Senado, han desatado una ola de críticas. Estos actos, percibidos como símbolos de soberbia, arrogancia y privilegios, han golpeado fuertemente a un partido que llegó al poder prometiendo ser distinto. Lo que antes condenaban, ahora parece haberse apropiado de ello, y la crítica los devora sin piedad.
El contexto de los escándalos
El presidente de la Suprema Corte, Hugo Ortiz Aguilar, aunque no es militante de Morena, se ha convertido en un pasivo político para el régimen. No es por sus sentencias, que según revelaciones de El Universal, han favorecido al gobierno, sino por los símbolos. En política, los símbolos pesan tanto como las decisiones. La escena de subordinados limpiándole los zapatos conectó de inmediato con la narrativa que Morena dice combatir: privilegio, distancia y jerarquía. El problema no fue solo el acto en sí, sino la incapacidad de entender que el poder exige contención, sobriedad y congruencia.
Andrea Chávez, por su parte, encarna el error clásico del político joven que confunde visibilidad con impunidad. Los señalamientos por actos anticipados de campaña y el uso simbólicamente explosivo de recursos sensibles, como ambulancias, no solo exhiben una falta de criterio, sino algo más grave: la idea de que las reglas son flexibles cuando se es parte del movimiento correcto. Morena ha construido su legitimidad sobre una supuesta superioridad ética, y cada vez que uno de los suyos actúa como si esa ética fuera opcional, el daño es doble.
Figuras clave en el chapoteadero
La jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, representa a la militancia dura y a la lógica de partido hegemónico en la capital. Desesperada porque la alteración de sus cifras sobre inseguridad no pueden modificar la percepción de su desgobierno, demandó el silencio de los medios, un umbral peligroso hacia la censura, con argumentos cuestionables. Su fortaleza en la Ciudad de México no le resta votos hoy en día, pero sí alimenta la percepción de que Morena empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió erradicar: estructuras cerradas y candidaturas decididas en círculos reducidos.
Pero nada como el caso de la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, el más corrosivo de todos. No por su estridencia, sino porque hoy gobierna como si Morena fuera un adversario más. La fractura de su propio grupo parlamentario, el uso político del aparato del Estado y la normalización del conflicto permanente han convertido a Campeche en un laboratorio del desgaste interno. Sansores no solo confronta a la oposición, sino a su partido, a la prensa y a la crítica, convirtiendo a Morena en rehén de su estilo personal autoritario.
La erosión desde dentro
Morena no enfrenta hoy su principal desgaste en la acera de enfrente, ni en Washington, ni en los mercados. Tampoco en los errores heredados del pasado. El mayor daño se lo están provocando algunos de sus propios cuadros, con actos y declaraciones que no solo erosionan la narrativa de superioridad moral, sino que exhiben algo más delicado: la pérdida de disciplina política y de conciencia del poder que ejercen. Se está desgastando sola, desde dentro, por una combinación peligrosa de soberbia, falta de contención política y un protagonismo personal que ya no distingue entre el proyecto y el ego.
Aguilar Ortiz, Brugada, Chávez y Sansores no forman un bloque, ni responden a una misma lógica o comparten agendas. Pero sus comportamientos, vistos en conjunto, proyectan una imagen inquietante para un movimiento que llegó al poder prometiendo ser distinto. Sus casos comparten un hilo conductor: la incapacidad o la negativa de entender que el poder no se ejerce sin costos cuando se hace de espaldas a la percepción pública y a la disciplina política.
Consecuencias y reflexiones finales
El problema para Morena no es que existan errores, todos los partidos los cometen. Tampoco que Morena tenga figuras polémicas; todos los partidos las tienen. El problema es que construyó su legitimidad sobre la idea de ser moralmente distinto. Cada acto de soberbia, cada abuso de poder, cada conflicto interno mal gestionado no se mide como error político, sino como traición al relato fundacional. Durante años, el liderazgo carismático de Andrés Manuel López Obrador funcionó como árbitro, muro de contención y justificación, pero hoy ese liderazgo ya no opera igual.
Morena sigue siendo electoralmente fuerte, pero cuando el poder se ejerce sin límites internos, empieza a corroer. Y esa erosión no se combate con discursos. Se combate con control, con autocrítica y, sobre todo, con memoria de por qué llegaron al poder, que hoy, muchos de sus cuadros parecen haber olvidado. La semana pasada fue un epílogo de figuras del régimen metidas en un chapoteadero, y el mensaje es claro: el desgaste interno puede ser más peligroso que cualquier oposición externa.